Fotografías que son imágenes

Hace
unos días, un ex compañero de curso me envió varias fotografías del
colegio. Las había traspasado a colores, lo que permitía distinguir
mejor los rostros de aquellos niños que hoy han cumplido setenta. Con
algo de esfuerzo, pude reconocer a gran parte de ellos. En la foto de
“primera preparatoria”, junto al director del colegio —el “zorro”
Contreras Azocar— aparecía el maestro Pelc, un polaco de habla pausada,
con acento extraño, siempre de traje y corbata. Éramos unos 70 alumnos,
seguramente revoltosos, y él debía tratar de controlarnos. Lectura por
las mañanas, caligrafía y números por la tarde. Aún no teníamos misa
diaria obligatoria. El reglazo en la palma de la mano era su método
pedagógico preferente, y los cantos a María y a Don Bosco, que ayudaban
probablemente a sosegarnos, eran entonados de pie, sin sacarse el
abrigo, pues el calentador a leña era pequeño y la sala muy alta y
grande. En la foto de tercero, aparecemos 76 peladitos junto al cura
Petek. Era el año 60, en el que estuvimos entrenándonos para afrontar
algún terremoto, como el de Valdivia. Al grito de “teRemoto” (siendo
esloveno, no pronunciaba las erres), el cura nos hacía salir corriendo
hasta el patio, donde debíamos abrazarnos de dos en dos. Su regla de
madera era grande y el reglazo dolía, ya que iba directamente a las
costillas. Asistíamos a misa diariamente, celebrada en latín, entre 8.30
y 9H15 y aprendíamos aritmética, gramática, historia de Chile y
religión, ramo éste que nos hacía un argentino llamado (y no es chiste)
León Bravo. El canto formaba parte de nuestra educación, como la
“urbanidad” y los concursos entre filas, recolectando fondos para el
colegio nuevo o el óbolo de San Pedro. Al llegar a las “humanidades” el
curso se separaba en dos; en la última foto, aparecemos solo 34 alumnos,
todos de uniforme esta vez, y no recuerdo castigos físicos recibidos.
Morano, Marchant y Radonich los más pequeños; Arguelles y Gallardo los
más altos.

Me
llamó la atención la cantidad de alumnos con apellidos extranjeros.
Conté un griego, un suizo, dos franceses, dos ingleses, tres italianos,
cuatro alemanes y diecinueve croatas por parte del padre únicamente. Por
entonces, el hecho de llevar un apellido extranjero formaba parte de la
“magallaneidad”. Eran tiempos en que se miraba poco el origen étnico y
nos sentíamos chilenos y magallánicos a secas, sin otra distinción que
aquella entre quienes habían viajado alguna vez en avión y hablaban de
Santiago, y los que nunca habíamos salido de Punta Arenas.

Por
suerte, la gran mayoría de estos compañeros vive. Muchos en excelente
estado de salud. Algunos, incluso, solemos juntarnos en Santiago a
compartir un café, donde charlamos de la vida, huesos, próstata, música y
otras cosas menos serias como la contingencia política. Hasta hacemos
planes de viajes, visitas y festejos, y al hacerlo, nos sentimos
enérgicos y vigentes. Hace unos años, justamente, nos reunimos para
conmemorar el medio siglo de nuestro egreso liceano y fuimos –algunos
desde muy lejos– hasta el colegio de la calle Fagnano, acompañados por
Sarita, nuestra profesora de francés y por don Nicolás, nuestro profesor
jefe (tenía 93 años, hoy descansa en paz) quienes nos hicieron clases y
pasaron lista. En esa ocasión, entregamos a profesores y alumnos lo que
era para nosotros un mensaje de gratitud y de amor por la vida, traído
por esos viejos que renacen con su historia, esa misma que recordé con
las fotografías enviadas por Tavo. Cantamos el himno al colegio, lo
hicimos con emoción, algunos hasta con lagrimones. Recuerdo, sin
embargo, que salí algo frustrado de ese encuentro, ya que me pareció
haberle faltado lo esencial: la comprensión del mensaje de vida que les
llevábamos de regalo, el gesto de cariño, el espíritu salesiano… y hasta
me sentí como un intruso dentro de algo que parecía no pertenecerme
más. Afortunadamente, una noche de camaradería y luego una tarde de
asado entre nosotros, lograron recrear la alegría de vernos y recuperar
la esperanza de aquellos que hoy contemplan imágenes de vida en las
viejas fotografías, como yo lo he hecho esta semana; esas hermosas
imágenes que llegan para enternecernos, como cuando éramos niños.

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