En
uno de mis ramos en la Universidad, había un capítulo dedicado a los
“ismos” contemporáneos. Allí analizábamos las atrocidades del nazismo y
el fascismo, la decadencia del capitalismo y su fase superior —el
imperialismo— y el socialismo de las “democracias populares”. Leíamos a
Lenin, Gramsci, Fromm, Althusser, Sartre y estudiábamos la base teórica
que sustentaba la crítica implacable hacia los tres primeros ismos. La
cultura intelectual de entonces era eminentemente marxista y combatía
frontalmente las ideologías “enemigas”. Los pocos intelectuales no
marxistas solían ser complacientes con esta teoría, y el materialismo
histórico se disociaba del dialéctico, confiriéndole a éste el carácter
de método científico de análisis de la historia. Entonces —hablo de los
años 60 al 90— existía poca valentía para alejarse de las posiciones
dominantes y se guardaba silencio sobre los abusos y aberraciones de los
“socialismos reales”. Camus y Aron fueron notables excepciones. Esto,
hasta que los mismos maoístas, neocomunistas y el propio Sartre, con su
cohorte de filósofos, comenzaron a cuestionar esos sustentos ideológicos
que los habían legitimado por décadas. La decadencia soviética, la
revolución cultural, las purgas y violaciones a los derechos humanos, la
disidencia de artistas e intelectuales, la invasión china a Vietnam,
las masacres de Pol-Pot y la huida masiva de cubanos y vietnamitas,
lograron derrumbar ese último de los dioses de barro terminados en
“ismo”.
A
fines de siglo, la globalización ya había impuesto patrones diferentes.
La ideología dominante se hizo más individualista y mercantilista,
aniquilando de paso la expresión colectiva y hasta sus instituciones. El
sentimiento mismo de fraternidad fue afectado por ese egoísmo salvaje
del “sálvese quien pueda”. Cuando lo colectivo es evaluado
exclusivamente en función a la rentabilidad del negocio, las
instituciones republicanas se quedan sin espacio vital. Gremios,
sindicatos, partidos, sistemas legislativos, de justicia, educativos y
religiosos, se fueron quedando sin substancia y hoy tambalean en la
tormenta provocada por ese otro dios —hedonista y ciego— que es el
dinero. Un fracaso para el pensamiento crítico.
Han
surgido también otras fuerzas que se autodefinen de izquierda, que se
posicionan fuera de los cánones tradicionales, abstrayéndose de las
clases sociales y su lucha, incluso de los Estados nacionales. Algunos
defienden la naturaleza y luchan contra la depredación del sistema
económico. Cercanos a ellos, los militantes animalistas. Están los que
generan o se apoderan de causas más recientes, para oponerse al sistema
“neoliberal” y reemplazarlo por otro que presumen mejor. Y aquí nos
reencontramos con los “ex” de desgastadas cepas: estalinistas, maoístas,
trotskistas… Y más cerca nuestro, con los castristas y bolivarianos,
muchos transformados en feministas, otros en defensores de etnias, razas
y géneros discriminados; categorías que consideran separadas por una
suerte de pertenencia tribal que las identificaría. Hablamos de las
llamadas izquierdas “identitarias” surgidas en las universidades de los
Estados Unidos y Europa, desprendidas de modelos colectivos y portavoces
de la categoría social que las agrupa. Para sus defensores, las
minorías se adicionan para conformar una sociedad, y la nación no
constituye referencia. La ideología cumple con su función de proponer un
marco teórico imaginario de intereses homogéneos, donde la fraternidad
se aplica entre los miembros de la misma etnia, raza o género.
Ante
este revoltijo expuesto brevemente, convencido que ningún mundo es
posible sin valores y utopías que lo muevan, estimo necesario y urgente
sobrepasar algunas diferencias divisorias, estableciendo “mínimos
comunes” que nos unan a mediano plazo. La libertad, aspiración máxima
del ser humano, cobra sentido cuando va aparejada con la justicia e
igualdad. Ese horizonte es compartido por las grandes mayorías, pero
sigue siendo un horizonte y, como tal, lejano. Entonces, ante la premura
con que las injusticias nos empujan a actuar, la fraternidad parece ser
el camino más adecuado. Hoy, este principio se encarna en el método del
diálogo entre actores políticos, sociales y económicos; método de
gobernanza que ya hemos evocado en columnas anteriores. La fraternidad
cumple así con su noble función: la de legitimar y dar sentido a un
diseño renovado y más consensuado de la nación.