El
daño provocado a los aprendizajes, al desarrollo cognitivo y
socioemocional y la salud mental de decenas de millones de niños por el
cierre de jardines infantiles y planteles escolares en las más diversas
latitudes es algo que no hemos dimensionado en su total magnitud. Sin
embargo, gradualmente comienzan a aparecer investigaciones que sugieren
impactos profundos que demorarán en revertirse y que, en algunos
ámbitos, probablemente tendrán efectos negativos permanentes. Un estudio
reciente para Países Bajos (Engzell y coautores, febrero 2021) muestra
un retroceso en aprendizajes equivalente a un quinto de un año escolar a
pesar de que ahí el cierre de colegios fue breve y tiene una de las más
altas penetraciones de banda ancha en el mundo. Además, según el
informe PISA, es uno de los países con más apoyo de los padres a la
educación de sus hijos. En otros países empiezan a aparecer retrocesos
similares.
La
implicancia de estudios como este es que los niños prácticamente no
aprendieron nada mientras estuvieron en sus casas. En países como el
nuestro, que no tienen las características enunciadas para los Países
Bajos, los impactos negativos pueden ser mucho mayores. Ahora bien, los
estudios sobre el impacto en los niños pequeños, matriculados en
educación inicial, son prácticamente inexistentes.
La
educación inicial tiene un enorme potencial para cimentar en la
infancia temprana ciertas estructuras en los niños que después serán
claves para alcanzar, entre otros aspectos, logros educativos concretos,
evitar conductas riesgosas y enfrentar los desafíos propios de la vida
personal y laboral. Teniendo a la vista esta preocupación es que
Fundación Choshuenco, Sociedad Protectora de la Infancia y Fundación
Liguria encomendaron un estudio al Centro de Estudios Longitudinales de
la Pontificia Universidad Católica de Chile para acercarse a determinar
tentativamente el impacto que tuvo en los niños el hecho de no asistir
al jardín durante el año pasado, usando para ello cuatro dimensiones
habitualmente estudiadas en primera infancia: desarrollo general,
vocabulario, función ejecutiva y estado socioemocional. Este ejercicio
se realizó en un grupo específico de jardines que habían vuelto a tener
clases presenciales a fines del año pasado. Se aplicaron test
ampliamente conocidos para evaluar estas dimensiones y que se usaron en
la última década al aplicar la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia
(ELPI). Eso permitió comparar los resultados obtenidos por los niños en
2020 con grupos similares de niños en 2010, 2012 y, sobre todo, 2017.
Los
resultados son inequívocos y, por consiguiente, alarmantes. La
investigación sugiere que los niños y niñas que se mantuvieron en casa
sin asistir al jardín durante 2020 lograron niveles muy por debajo de
los logrados por grupos similares en las mediciones de la ELPI. Esto
ocurrió para tres de los cuatro ejes antes mencionados. Solo en función
ejecutiva no se observa un rezago. Particularmente preocupante es la
disminución de la evaluación en el vocabulario. Los instrumentos
utilizados en estas mediciones tienen sus propias escalas y, por tanto,
los cambios le dicen poco al lector no especializado, pero el efecto
negativo en 2020, respecto de 2017, es de un orden de magnitud 3,5 veces
superior al que se mencionaba para Países Bajos o es equivalente a un
retroceso en la escolaridad de las madres de cinco años (atendido el
impacto que un año adicional de escolaridad de la madre genera en el
desarrollo de vocabulario de niños pequeños).
El
desarrollo del lenguaje es fundamental en el proceso formativo de todo
niño y niña. Este costo, provocado por la pandemia, no puede dejar de
enfrentarse. Un retroceso en el vocabulario desde la primera infancia
pone en jaque a esta generación de niños, sobre todo porque en el futuro
tendrán que lidiar con brechas más grandes a la hora de intentar
alcanzar sus sueños académicos, profesionales y sociales. Recuperar
estos rezagos es una tarea ardua, pero no imposible. Sin embargo, ello
requiere hacer de la primera infancia un foco mucho más importante de
las políticas públicas, involucrando a las familias, a las comunidades
y a organismos públicos y privados en un proyecto compartido. Si esto
se logra se potenciará en nuestros niños tanto sus aprendizajes como sus
habilidades cognitivas y socioemocionales. A través de esta vía serán
mejores profesionales, seres humanos más integrales y motivados por
construir un Chile mejor.