Lo
que temíamos durante los meses de campaña y que publicamos en numerosas
ocasiones se está produciendo en nuestra Asamblea Constitucional. Gente
buena que quiere un cambio en nuestra sociedad, término de inequidad y
mecanismos de justicia social junto a una nueva organización de todas
las estructuras de nuestra nación. Muchos con conocimientos y con ganas
de aportar desde sus respectivos nichos y sectores, pero también
numerosos otros que no tienen ni los conocimientos ni la experiencia
para poder realizar aportes significativos a la redacción de nuestra
nueva Constitución. La falta de experiencia política y de oportunidad
les pasa la cuenta.
Es
lamentable que los medios les den cobertura casi exclusiva a aquellos
que demuestran estas carencias o que, derechamente, están en contra de
los avances del proceso. Si se revisa bien la cantidad de entrevistas
que se realizan, hay convencionales a quienes no conocemos, porque no
les han dado la palabra pública. Por el contrario, parece que los que
más venden son aquellos que permiten generar debates, levantar funas,
generar desprecio y que sirve de caldo de cultivo a aquellos que
constantemente están en busca de deslegitimizar sus resultados.
La
impericia política de la mayoría, la falta de asesores
comunicacionales, hacen que los entrevistados digan lo primero que se
les ocurre y que muchas veces generan impacto mediático por sus
torpezas, ignorancias o simplemente porque intentan
posicionar temas que no tienen implicancia o una importancia general o
justificar lo injustificable. Enarbolan sus banderas de lucha sin
consensuar con sectores afines y de pronto quedan varados en la playa.
Desde una convencional que propugnó un estado monárquico a otra que
pidió bajar el nivel de la conversación porque no entendía nada y otros
que quieren que se hable en los idiomas originarios de cada uno de los
pueblos que obtuvieron escaños especiales, están provocando confusiones
cada vez más profundas que generan un rechazo social peligroso. Y eso
que aún no se entra a trabajar en la redacción del articulado de la
Carta Fundamental.
Debe
haber firmeza en los planteamientos, sin medias aguas, porque no se
puede tratar de conformar a todos y menos aun empequeñecer los efectos
que se quieren producir. Se está trabajando en medio de turbiedad
producto de esa inexperiencia y también por ambiciones de poder. Esto
les ha dado espacio a grupos que buscan visibilizar esos errores para
generar en la comunidad esa sensación de desprolijidad con la cual
destruir las esperanzas que se han puesto en ese conjunto de
convencionales. Ya vemos el interés de grupos del rechazo que no
trepidan en querer figurar sin poder ellos, personal o familiarmente,
dar pruebas de blancura. Una vergüenza que se les debe enrostrar.
En
ese sentido, y siendo la cara visible de todos quienes votaron para
elegirles como constituyentes, y a pesar de sus problemas y carencias,
debemos recordar que son la imagen de nuestra sociedad y tienen la
responsabilidad de representarnos. Lamentablemente queda en evidencia la
bipolaridad del chileno espectador que pasa de la euforia
al derrotismo casi automáticamente y que se suma sin ningún
razonamiento a lo que la prensa o las RRSS promueven o destacan. No se
les da ni un margen de error a quienes han tenido que adecuarse a una
nueva e imprevista realidad, a conocer a los otros constituyentes, a
entender la importancia de la labor que tienen por delante y donde los
plazos han sido muy breves. Muy pocos han tenido el tiempo y la
oportunidad de traducir y adecuar sus vidas a este proceso y dejar de
lado familias, trabajos, soportar la nueva publicidad y disponer sus
tiempos para la elaboración del texto que regirá nuestras vidas y la
experiencia la lograrán adquirir cuando el texto esté casi a firme.