Glaciares, dragones blancos y su soplo de vida

¿Que
es un glaciar? Una pregunta cuya simpleza aparente espero no
desincentive al lector, pero es un punto de partida básico para ir
complejizando en la comprensión tanto del elemento como de las
implicancias que tiene esa presencia blanca en la vida.

Normalmente
las respuestas que surgen de la audiencia en charlas a esta misma
pregunta dan cuenta de palabras claves que se acercan a definiciones
construidas desde lo técnico, hablan de hielo confinado enmarcado por
accidentes topográficos y que presenta movimiento. En esas instancias
–charlas o clases-, luego de escuchar la audiencia y construida la
definición desde la glaciología, los invito a mirar el glaciar desde
otra perspectiva, desde la significancia para el observador (estética) y
para la vida (ecológica).

Es
aquí, en ese ejercicio de remirar, donde aparece una imagen en blanco y
negro que muestra un paisaje de montaña, en primer plano un valle, del
cual baja un dragón blanco, con sus fauces abiertas, colmillos y grandes
dientes, alas a ras de suelo, amenazante, es un glaciar representado
por un dragón blanco. Es el “Wilderwurm Gletscher” que ilustró Henry
George Willink en 1892.

En
esta figura del dragón y su representación mítica está implícita la
dicótoma de la destrucción y el surgir de la vida: la destrucción
asociada a la amenaza de un ser en constante movimiento que posee una
fuerza brutal capaz de labrar rocas, alterar geografías, que ruge y
devora todo a su paso, y en contradicción, en la letanía o camino a su
muerte el dragón va dando espacio a la vida, su aliento derrama agua
valle abajo, descubre nuevos territorios donde surgirá la vida en una
sucesión ecológica hermosa. Es una dicotomía que por un lado es penosa,
al observar el contexto actual que viven estos seres en peligro de
extinción, que pareciera ser que en su mayoría están destinados a
desaparecer o a vivir confinados en pequeños reductos, pero que a su vez
es desafiante, respecto de cómo recibimos ese aliento de vida, ¿para
quienes será el agua?, o cómo cuidamos esos espacios frágiles
descubiertos de hielo, de vida incipiente, donde entre otros surgirá el
bosque magallánico.

Dicho
lo anterior, y en virtud de lo que estamos viviendo en términos
socio-políticos en nuestro país, es inevitable y tentador indagar en las
similitudes con la dicotomía antes planteada: ¿es prudente pensar en
extrapolar esta analogía al observar la extinción de seres míticos y el
surgimiento de nuevos liderazgos e ideas?, ¿cuáles serán esos soplos de
vida que dan aquellos dragones blancos en vías de extinción? Parece ser
que estamos en tiempos donde los dragones cobran relevancia, ya sea por
su extinción pero también, y por sobre todo, por sus soplos de vida que
exhalan al morir, que en el caso de los glaciares se traduce en agua y
áreas libres de hielo. Fin.

A
modo posdata y ya que estamos hablando de dragones y hielo existe otro
dragoncito: el ’dragón de la Patagonia’. Un insecto plecóptero que no
mide más de 5 cm y solo ha sido observado en algunos glaciares de la
Patagonia, es endémico. El nombre común de este insecto nuevamente evoca
lo misterioso de estos seres de cuentos y fábulas. Pero aquí no se
acaba la intriga, hay una sincronía que llama la atención: el señor que
describe por primera vez al Andiperla willinki es de nombre Auber
Willinki, y lo hizo en 1956. Es decir, otro Willinki asociado a
glaciares y dragones; el primero fue el autor del grabado (ver párrafo
3) y el segundo el biólogo que describe al plecóptero. No son parientes y
están separados por 50 años. ¡Un misterio!

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