Las
semanas que se nos vienen serán muy movidas desde la perspectiva de los
discursos de los dos candidatos que se disputarán la Presidencia de
nuestra república. Ambos tenderán a salir de la burbuja original, de ser
postulaciones simbólicas, y donde las bases de sus propuestas tenían
verdaderas estructuras de choque, para comenzar a encontrar el verdadero
sentimiento que espera la ciudadanía de un próximo gobierno. No hay
posibilidades de mantenerse en esos conceptos estructurales, por más
pragmáticos o influenciados por terceros que pudieren llegar a ser, si
se quiere conseguir ampliar el límite de sus propuestas. Casi la mitad
de los votantes no se sienten identificados por estos candidatos y
optaron por otros, y hay un 50% de los integrantes del padrón electoral
que no ha manifestado su opinión, y eso significa que no están
interesados en las cosas importantes de la nación o que están esperando
el próximo momento para decidir su adhesión. Lo ideal no es solamente
que la posta la gane uno de los dos, aunque sea por una nariz, sino que
tenga un respaldo que resulte interesante, ojalá con más de la mitad de
los votantes y con una contribución activa de muchas más personas que
las tradicionalmente participan. La falta de mayorías sustantivas abre
espacios a los grupos anarquistas, rebeldes o contestatarios de
transformar en ingobernable cualquier modelo de mando. Es una manera
poco ética e ilegítima de ponerse en una posición de contrapunto y de
hacer exigencias a través de las heridas sociales que aún se mantienen
abiertas y donde la sociedad en su conjunto (a través del voto) debe
ayudar a suturar. Fácil es lograr la ingobernabilidad cuando alguien
asume con poco respaldo. La función de todos los que estamos interesados
en política, que hacemos los análisis de lo que nos acontece, que
visualizamos y proponemos mecanismos para crear conciencia, nos obliga a
estar realizando permanentemente llamados a la participación. No
generar miedos ni llamar a abstenerse, porque los que caen en esa trampa
y las incitan atentan contra la democracia. Al llamar a la
participación debemos hacerlo de manera consciente y valiente.
Consciente, en el sentido de que los votantes no pueden quedarse en sus
casas y optar por que otros decidan por uno. Hay una historia que nos
precede a todos y eso nos lleva al razonamiento de ¿por qué estamos hoy
en este lugar y en esta opción? Y lo debemos meditar conforme a los
miedos y al sufrimiento que vivimos durante tantos años, o los que vivieron
nuestros padres, familiares o amigos, vecinos o simples conocidos,
donde la desvergüenza de un sector era tan arrogante que hoy han
aparecido florecientes como las semillas regadas del desierto nortino.
Qué bueno que eso ocurra, porque permite ver las caras de los que se
volvieron cómplices pasivos y que por años se mimetizaron con el
paisaje. Y valiente, porque esta cualidad no es atributo de solo uno de
los candidatos. Todos tenemos que reaccionar y dar a conocer nuestros
planteamientos de manera osada. Como decía una arenga de una gran
película: “Peleen y tal vez mueran, o corran y vivirán, al menos por un
tiempo, y al morir en sus camas, muchos años más adelante, ¿volverían el
tiempo atrás por una oportunidad, solo una oportunidad, para regresar
aquí y decirles a nuestros enemigos que pueden tomar nuestras vidas,
pero nunca nuestra libertad?”. Votar es ir con decisión y convicción a
esa primera línea, a la cual nadie nos puede privar, ni siquiera la
desidia, porque es la manera en que podemos gritar nuestra libertad. Que
la fiesta de la Navidad, donde predomina el consumismo compulsivo de
último minuto, no opaque la necesidad imperiosa de oír la voz del
sufragio.