¡Grande Djokovic!

Estos
días hemos visto que una vez más la enorme mayoría de la prensa se
queda en la anécdota o la farándula y no va al fondo de la noticia. En
efecto, nos hemos enterado que Novak Djokovic, número uno del mundo en
tenis está preso o a esta altura ya siendo extraditado de Australia por
no habérsele permitido entrar al país a defender su corona en el “Grand
Slam” local, donde buscaba superar el récords de campeonatos ganados. A
pesar de contar con una excepción validada por la federación de tenis
para poder participar sin estar vacunado, las autoridades australianas
no le han permitido entrar al país y ha sido confinado en una residencia
temporal para inmigrantes ilegales mientras se definía su situación.

Tal
como livianamente comentó su contrincante Nadal, cada uno es
responsable de sus actos, y Djokovic pudo haber previsto que se le
negaría la entrada; al fin y al cabo las reglas para entrar a Australia
son claras. De ahí que la prensa se ha hecho un festín con Novak,
apoyando las declaraciones de Nadal y de las autoridades; pero al
hacerlo soslaya lo que es realmente importante: la decisión de Djokovic
es fundada en su consecuencia, defendiendo su derecho a elegir su
situación de no vacunado, y dentro del ejercicio de esa libertad, no fue
a Australia engañando a nadie, ni tampoco desafiando a las autoridades:
fue bajo el amparo de una excepción formal otorgada por los
organizadores del campeonato y, por cierto, completamente sano y sin
poner en riesgo a nadie, mucho menos a los vacunados. Una vez más, lo
importante es la forma y no el fondo, se le mete preso y expulsa por no
tener el permiso, no por representar un riesgo.

Es
grave porque es lo que está pasando en todo el mundo y particularmente
en Chile y Magallanes; si tienes tu Pase de Movilidad activo, tienes
permiso –no libertad– para ir donde te plazca, aún cuando ello
signifique que puedas contagiar o contagiarte.

En
paralelo, nuevamente se nos castiga porque nos hemos portado mal;
aumentan los casos y son muchos los que le echan la culpa al
comportamiento de la ciudadanía: a un relajo de las medidas de control.
Pero basta con indagar un poquito en las noticias y datos para darse
cuenta que es lo que está pasando en todo el mundo: aumentan los
“casos”, no los enfermos ni la gravedad de los mismos; el bicho en
muchas ocasiones ya no es distinguible de un simple catarro si es que no
se hace un PCR, y afortunadamente tiene una mortalidad que está por
debajo de la ya baja mortalidad del virus original. Se trata de la
evolución natural de todas las pestes que la humanidad ha sufrido: se
convierte en un bicho endémico que va a seguir entre nosotros
probablemente por siempre, tal como el resfrío común, y tenemos que
tener la capacidad de convivir (y vivir!) con él, abandonando el
discurso del miedo y del miedo al castigo.

Ya
basta! Dejémonos de medidas patéticas como restricciones de aforo y uso
de mascarilla, especialmente en lugares públicos (¡o manejando sólo en
el auto!) y disfrutemos del aire libre, que en Magallanes tenemos mucho y
abundante; permitamos que nuestros niños respiren libremente y no a
través de un trapo que disminuye la calidad del aire, concentra mugre y
bacterias, y esconde sus hermosos rostros. La vida siempre ha tenido
riesgos, ¡es lo que hace que valga la pena vivirla! Seamos como
Djokovic, que se atreve a ser consecuente con lo que libremente eligió y
no como Nadal, que se queda en la cáscara, sin ir al fondo.

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