Guerra

Tal
como si fuese una profecía autocumplida, con cierto horror nos
enteramos el jueves en la mañana del inicio de hostilidades en Ucrania. O
más bien del inicio de hostilidades formales, porque la cosa estaba
revuelta desde hace largo rato.

Y
suena a conflicto lejano, con nombres a veces impronunciables en una
geografía que está lejos de estar fresca en la memoria; Kiev, Odesa, o
el río Dnieper son apenas nombres de lugares que habremos escuchado en
una película de James Bond (de las antiguas, claro); pero de ahí a tener
alguna idea de dónde realmente están o la importancia geopolítica que
pudieren tener, hay un largo trecho.

Pretender
entonces entender las razones que tuvo la Rusia de Putin para iniciar
una invasión de su vecino más chico (aunque más grande que Francia) es
todavía más difícil; y más allá de condenar la agresión –porque
justificada o no eso es lo único concreto que hoy sabemos que ocurrió-
no es tan sencillo hablar de buenos y malos; mucho menos cuando las
noticias no son precisamente parciales ni quienes las transmiten están
más al día que los simples mortales sobre qué está pasando.

De
hecho, una de las cosas que llaman la atención de estas primeras horas
de guerra es que hay muy pocas noticias; claramente Ucrania no ha podido
mostrar al mundo más que algunas escenas puntuales de ataques rusos, y
Rusia misma tampoco ha sido prolífica en información. Cuesta aun más
entonces tener una idea clara de qué está pasando.

Occidente
ha sido cauteloso, condena el ataque de una manera bastante tibia y
amenaza con sanciones que seguramente hacen reír a Putin, que sabe que
tiene el control de los principales gasoductos que permiten mantener a
Europa calefaccionada y que tendrán que pagar de una u otra forma el
haberse dado el gustito de avanzar a una economía verde que no sobrevive
sin el respaldo del gas ruso; será mediante un aumento de costos o
teniendo que tragarse que los muertos ahora podrían no ser morenos o
amarillos en algún país lejano y atrasado, sino de ojos azules y en el
patio del vecino.

En
fin, a veces es bueno vivir en el culo del mundo, pues hay sobradas
razones para pensar que aun si el conflicto escala, estaremos más o
menos a salvo, al menos de los misiles; pero en una economía globalizada
esto es un pelo más en la sopa, que no va a ayudar. Las guerras ya no
garantizan una alta demanda de cobre o metales básicos, así que por ahí
no va a ir la cosa.

Ojalá
entonces que esto termine pronto, que el saldo en vidas no sea
demasiado alto y que cualquiera sea el resultado se restablezca la paz.
Es tal vez una visión un tanto egoísta; pero a fin de cuentas, desde acá
lejos una guerra corta es lo único que nos conviene. A ver si podemos
preocuparnos de tantas cosas mucho más cercanas, como que pronto
tendremos nuevo gobierno, o que el proyecto de Constitución dé garantías
de avanzar hacia un mejor país, porque si internacionalmente la cosa se
pone fea, más vale que el nuevo Gobierno sea bueno y los constituyentes
estén a la altura.

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