Para
mañana, aulas y salones escolares estarán percibiendo profundamente la
ausencia de su motor y corazón. Las y los estudiantes comienzan a vivir
su merecido descanso tras el término formal de clases en su mayoría,
mientras un grupo importante, hará una pausa antes de definir el rumbo
que tomarán, definido en muchos casos por la posibilidad de continuar
estudios superiores, técnicos o profesionales.
En
paralelo, y un ámbito mucho más personal, adolescentes y jóvenes
comienzan a transitar por diferentes procesos y cambios vinculados a su
propia madurez, transformaciones que deberán ser considerados por su
entorno más cercano y que les permita enfrentar los desafíos que se
aproximan.
Pero antes de que todo eso ocurra, es preciso volver la vista hacia nuestro sistema educativo.
Lamentablemente,
hablar de educación no deja de ser un tema inquietante. Hace muy poco
conocimos los resultados del Programa para la Evaluación Internacional
de Alumnos de la OCDE, conocido también como PISA (por sigla en inglés).
Se trata de un instrumento que mide la capacidad de los alumnos de 15
años para utilizar sus conocimientos y habilidades de lectura,
matemáticas y ciencias para afrontar los retos de la vida real.
El
informe internacional resume la situación nacional señalando que, “los
resultados promedio de 2022 fueron aproximadamente los mismos que en
2018 en matemáticas, lectura y ciencias”.
Chile
logra mantener sus resultados en Ciencias pero vuelve a bajar sus
indicadores en Matemática y Lectura, sin embargo, se posiciona como el
mejor en Latinoamérica.
Al
respecto, no debemos olvidar las consecuencias educativas que dejó la
pandemia del Covid19, el confinamiento, el cierre de los
establecimientos educacionales y los complejos efectos socioeconómicos
ocasionados por la situación sanitaria mundial.
En
este mismo sentido, hay que poner sobre relieve, por una parte, el
sistema educativo nacional y por el otro, la situación de las familias.
Porque si hablamos de enseñanza, el hogar se constituye como nuestro
primer centro formador y educativo.
En
la antigua Grecia, niñas y niños recibían su educación en el hogar
hasta los 7 años aproximadamente. La formación del hogar era
suficientemente relevante en la preparación de futuras ciudadanas y
ciudadanos.
Se
trataba de una formación muy importante donde, además de los
aprendizajes esperables a esa edad, también se consideraba fundamental
la reflexión, el cultivo de la mente y el cuerpo, pensando en la
integración de las personas en la sociedad.
Actualmente,
sondeos y encuestas de diversos ámbitos, terminan reflejando de alguna
manera nuestro nivel educativo. No estamos atravesando por el mejor
momento y es necesario hacer una exhaustiva y sería revisión que nos
permita generar un proyecto educativo a largo plazo en nuestro país. El
desglose o el detalle que se pueda obtener en el debate y la discusión,
amerita máxima atención y prolijidad.
De
qué manera encauzamos os requerimientos que puedan surgir, considerando
la diversidad de elementos culturales presentes a lo largo y ancho de
todo el territorio nacional, las interrogantes que puedan surgir, de ahí
vendrán las posibles respuestas que sea posible entregar en el mediano
tiempo y otras que seguramente requerirán mayor análisis.
La
esperanza e ilusión que se generan en las familias, nos mueve e invita a
ser entes activos y ejecutivos de nuevos proyectos y propuestas que
puedan ir en beneficio de ellas y de las generaciones que vendrán.
Evitemos
la frustración y el fracaso de nuestros jóvenes, elevemos su
autoestima, no seamos un obstáculo en sus vidas, por el contrario,
propongámonos ser quienes los alienten a diario y hagamos todo a nuestro
alcance, pongamos todos nuestros esfuerzos en transmitir conocimiento y
capacitación para enfrentar los más diversos desafíos que se impongan
en el futuro.