Demos un giro, sí,
hagámoslo, ya es hora. Hablemos de la vida, mejor. Tanto, tanto que se
habla de los avatares de la vida, de las vicisitudes de la misma, pero
de la vida, de su esencia, poco, casi nada.
¿Qué
es la vida? ¿Qué le da sentido? De su origen neto podemos sentar varios
apuntes, empero esta vez querría más hablar de su desarrollo, del andar
por la vida.
¡Qué
mejor que imaginar que la vida es un paseo! Y que este tránsito sea
además placentero, agradable, satisfactorio. Sí, hablemos de la vida,
aunque sea jaloneada por incidencias, por peripecias impensadas, no
soñadas.
Ahora,
la vida no la queremos inventar, no queremos crearla, hacerla idílica,
pero sí que la queremos o la hemos querido entretenida, al menos.
¿Cómo
podemos revertir los malos pasos de la vida en este último tiempo?
Meditar acerca de ella es un buen paso, un paso necesario, el primero.
Reflexionar acerca de sus intrincados y recónditos “hoyos negros”. ¿Cómo
cuáles? Se me ocurre que pensar en las palabras, las dichas y las no
dichas, o las mal dichas, es una buena primera estación. Otra instancia
de reflexión es la verdad, aquella que se equilibra entre dos
“verdades”, pues una sola no hay. Luego, otra instancia de meditación es
acerca de la voluntad, esa en la que no siempre ponemos empeño, ya que
la abandonamos, y por ende, nos abandonamos. A continuación, nada malo
sería reflexionar acerca de la gratitud, la que no prodigamos cuantas
veces ha sido más que necesario decirla verbal y no verbalmente. Luego,
transitamos hacia el implacable tiempo, que no pocas veces malgastamos
en nimiedades, en trivialidades; detenerlo, no podemos, pero usarlo
bien, sí. Próxima estación, el perdón, aquel que negamos cuanto más
necesario es para la construcción de esta aldea común. Y la última en
mencionar esta vez, la inteligencia, tan consustancial a la especie homo
sapiens y que no pocas veces pareciéramos desmentir con nuestras
necedades, disparates, o vaguedades.
Si
nos aplicáramos un poco, o más que un poco, to-dos, estoy seguro de que
nuestro pasear por la vida sería diferente. Sin embargo, unos se
empecinan en mostrarnos demasiado a menudo cuán poco aplicados son, cuán
poco les interesa y que más bien reman en sentido contrario.
Hablar
de la vida significa ocuparnos de ella, de hacer bien con ella, de
hacer el bien con los demás, del trato cordial, que es ni más ni menos
que abrir nuestro corazón y conectarlo con el corazón de nuestro
prójimo.
Hablar
de la vida es quererla para sí, para todos, y bien. Hacer nuestros
mejores esfuerzos personales de extender la vida al otro, la vida buena,
agrego. En este tránsito cometemos errores, no hay duda. Sin embargo,
advirtiéndolos, innovemos, corrijamos el andar y volvamos a tomarnos de
la mano.
Hablar
de la vida es dar testimonio de ella, ser constructores de ella. Ruego a
Dios porque esta no sea una asignatura pendiente, y estemos atentos a
nuevos andares, a corregir los pasos, y dar nuevos mejores ejemplos.