Tal
vez porque provengo de una familia que me ha dado cariño y recursos
económicos tales que me ha permitido estudiar y desarrollar las
habilidades y talentos que Dios me ha dado y porque la fe que mueve mi
vida, para que sea una auténtica entrega a Dios, me hace mirar siempre a
los más necesitados. La pobreza en la que están sumidos muchos de los
habitantes en el mundo y en Chile me duele, me mueve a rezar y a hacer
lo posible para que la situación cambie.
Tengo
clara conciencia que con mi esfuerzo no podré eliminar la pobreza en el
mundo y en Chile, pero si puedo contribuir con mi persona y mi acción a
que disminuya y lo mismo vale para cada una de las personas que junto
con agradecer lo que tienen -fruto del trabajo y del esfuerzo -sienten
una genuina preocupación por los que más sufren.
Soy
un convencido que el amor es una fuerza extraordinaria, que mueve a las
personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la
justicia y de la paz. Enseñanza que cautiva porque colaborar en la
construcción de un mundo más justo está al alcance de la mano. En efecto
sólo tenemos que vivir en plenitud la razón por la cual hemos sido
creados, por amor y para qué hemos sido creados para amar.
Son
múltiples las maneras con que muchas personas anónimas se han entregado
a la causa del amor poniendo en movimiento su ser y su actuar en
beneficio de los demás. Conozco ejecutivos que le dedican horas
preciosas de su tiempo a apoyar fundaciones que trabajan para mitigar el
dolor de muchos. Conozco otros que le dedican lo mejor de sus vidas al
servicio de los más pobres, así tantos voluntarios que de manera anónimo
contribuyen con su tiempo y sus recursos a favor de los que más lo
necesitan. Su única motivación; hacer algo por alguien motivado por ese
anhelo que tenemos en nuestro corazón de vivir en un mundo dónde podamos
mirarnos como hermanos y que todos tengan las condiciones materiales
para poder vivir dignamente. La “ciudad de los hombres”, nos recuerda el
Papa, no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino,
antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de
comunión.
A
pesar del esfuerzo que hacen algunos y que valoramos y agradecemos
todavía queda mucho por hacer. Tanto por hacer queda que los más pobres
de los pobres, como los ancianos, las personas que viven en la calle
dependen, en gran medida, de los pesos que dejamos en las cajas de los
supermercados y farmacias. Y eso es vergonzoso. Se valora la creatividad
para conseguir recursos para los más pobres, pero es una señal de poco
interés de la comunidad toda si los que deben ser la prioridad primera
de una sociedad que busca el bien de todos, quedan al arbitrio de las
migajas que sobran. La pobreza en Chile la podemos superar si ponemos al
hombre en el centro de nuestras prioridades y nos movemos según la
lógica del amor y de la entrega y no del egoísmo o los gustos
personales. No hay más receta que esa. Y la tarea es urgente. Urgente
porque es muy duro ver en un mismo país y en una misma ciudad educación y
medicina de país altamente desarrollado y educación y medicina de país
subdesarrollado. Esta situación no ayuda a promover la paz que todos
queremos y nos debe obligar en mayor medida a todos y cada uno de
nosotros.
Algunas
personas han asumido el compromiso a nivel personal pero también a
nivel corporativo. Han sido buenas, mejor dicho, excelentes las
experiencias de las empresas que destinan parte de sus recursos a
fomentar una mejor educación en escuelas. Algunas empresas, incluso, han
creado sus propios colegios con metodologías eficientes de enseñanza en
los sectores más pobres de la población y los resultados se han hecho
notar.
Lo
que no podemos hacer es vivir como si no pasara nada. Encerrándonos en
círculos sociales cada vez más estrechos y llenando nuestras vidas de
guardias, rejas y seguros. Hemos de asumir con responsabilidad y
decisión la tarea que nos incumbe a todos. Es bueno recordar que amar a
alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Por lo tanto no
basta con dar el vuelto en el supermercado. Las circunstancias nos
apremian y nos obligan a salir de nosotros mismos y compartir. Conozco
una persona que después de haber hecho una profunda reflexión acerca de
su vida descubrió que vivía demasiado centrado en sus propios gustos y
los pequeños placeres que le podía deparar su óptima situación
económica. Pero al mismo tiempo descubrió que por ese camino la sociedad
no iba a llegar muy lejos y decidió cambiar. Su contribución es que por
cada gasto que considera superfluo entregar el equivalente a quien
realmente lo necesita. Esto le llevó a ser más austero en su vida y
descubrir nuevas formas de relacionarse con las personas y por otro lado
descubrir la alegría de que otro, gracias a su decisión mejoraba su
condición de vida. Lo encontré digno de imitar porque ya no estaba dando
lo que le sobraba sino que algo que le significaba un sacrificio.
A
veces nos quejamos mucho de la situación de violencia que apreciamos
día a día, pero nos cuesta más caer en la cuenta de que detrás de ella
hay historias de seres humanos que no han tenido las oportunidades, ni
el ambiente adecuado para ensanchar el horizonte de sus propias vidas. Y
que en ese ámbito siempre algo se puede hacer. Una persona se refería a
las instituciones de Iglesia como expertas en mendicidad al estar
siempre solicitando dinero para sus obras sociales. Lo ideal sería que
no estuviésemos en esta ardua tarea de conseguir recursos para promover
las obras de promoción humana que ocupan gran parte de nuestro tiempo.
Pero eso será posible en la medida que acabemos con la pobreza.
Gracias
a Dios, toda vez que haya un necesitado, la Iglesia no trepidará en
golpear las puertas para salir en su ayuda. Seremos juzgados por el amor
y no por los lujos que nos hemos dado en la corta y efímera vida que se
nos ha regalado.