Ya es de público conocimiento que, tras una larga y profunda reflexión, tomé la decisión de no ir a la reelección como senadora por Magallanes, teniendo todo el derecho y las atribuciones legales para hacerlo. Tal como he dicho en varias entrevistas, fue una determinación muy difícil de adoptar, pero que creo fue la correcta. Los tiempos que corren nos demandan, a quienes ejercemos cargos de representación, gestos concretos de desprendimiento del poder y fue ese el principal motivo para tomar esta resolución.
Mucho se ha dicho sobre el estallido social registrado el 18 de octubre del año pasado que vino a remover los cimientos de una sociedad en la cual se venían incubando, como en una olla a presión, una serie de demandas sociales que clamaban por un sistema más igualitario y con menos abusos. No mucho antes, el Presidente Piñera decía satisfecho que Chile era un “oasis” en medio de un continente crispado y lleno de problemas. Claramente, estaba muy equivocado.
La consigna de “no son 30 pesos, son 30 años” logró conjugar en una sola frase el descontento de millones de compatriotas de todas las edades y de diversos grupos socioeconómicos que se habían cansado de un sistema neoliberal a ultranza, que dejaba fuera y abandonados a su suerte a los más débiles y desprotegidos. Quienes formamos parte de la denominada clase política fuimos duramente interpelados y pasamos a ser parte del problema.
La falta de confianza en la política y en todas las instituciones motivó multitudinarias manifestaciones ciudadanas, la mayoría pacíficas, a lo largo de Chile. A eso se sumaron hechos violentos, cuando no derechamente vandálicos y delictivos que tuvieron a nuestra democracia al borde del colapso lo cual, afortunadamente, no se concretó. Sin embargo, es evidente que algo se quebró en esos días y que aún no hemos logrado restaurar.
¿Qué se necesita para salvar nuestra democracia? Primero hechos concretos y menos palabrería. La gente se cansó de discursos altisonantes que se quedan en el análisis, pero donde no se observa ningún gesto de desprendimiento. Fiel a mi trayectoria política y mis principios, consideré que había llegado el momento de hacer un gesto concreto, de soltar poder, para demostrar que algunos hemos entendido el reclamo y que queremos ser parte de la solución.
Ser la primera mujer parlamentaria por Magallanes, ejercer como diputada en dos oportunidades y ahora como senadora, siempre con las primeras mayorías regionales, ha sido un honor y un privilegio que agradeceré por siempre. El Parlamento ha sido un espacio que me ha dado la oportunidad de trabajar codo a codo con la gente de la región y tener, a su vez, una contundente producción legislativa en temas ciudadanos reconocidos transversalmente. Desde esta tribuna agradezco los masivos gestos de cariño y reconocimiento que he recibido en estos días y, tal como le he dicho a esas personas, me retiro del Congreso, pero no de la política.
Aún me queda más de un año como senadora por Magallanes y la Antártica Chilena y ejerceré mi función hasta el último día con la misma dedicación y seriedad con la que lo he hecho hasta ahora. Confío que nuevos rostros lleguen a oxigenar la función pública en nuestra región y que la primavera permita que florezcan muchas flores con energía renovada. El campo está abierto y la política y nuestra región lo necesitan.