Históricamente,
desde los inicios de la colonización chilena en la Patagonia,
Magallanes ha funcionado como una economía dependiente de un solo factor
productivo, que ha actuado como motor impulsor del desarrollo regional.
Fue el carbón, oro, lana, carne ovina, petróleo, gas, servicios,
turismo, todas industrias con desarrollos unitarios en sus propios
tiempos que no es comparable con la que se despliega en la Patagonia
argentina, cuyo término “Patagonia” es conocido en el mundo entero, no
por nosotros, sino por el trabajo constante del Gobierno argentino y de
sus empresarios con sostenidas campañas internacionales promocionando la
venta de sus productos naturales con gran éxito. Hemos optado por
seguir siendo una economía primaria y solo productora de materias primas
y recursos naturales y energéticos y hemos preferido dejar su
industrialización, su elaboración y su valor agregado a otros. Junto a
esas deficiencias nuestras, la región entre 1992 y 2002 creció con una
tasa de promedio anual de solo 0,52 personas por cada cien habitantes,
convirtiéndose en la de menor tasa de crecimiento a nivel país. Chile
tiene una visión cortoplacista, de los cuatro años de Gobierno,
faltándonos la visión real de un estadista. Falta… y mucho más. Por eso
los gobiernos no deben pasar la retroexcavadora, de lo contrario estamos
reestructurando todo cada cuatro años. Ya nos ocurrió durante el año
2020 con el cierre de Mina Invierno y la poca diversificación de nuestro
sector productivo, que además, se vio seriamente mermado por la
pandemia del Coronavirus.