¿Hubo justicia para las niñas de la Anita?

Como
psicóloga y perito forense con años de experiencia, sé que es
imprescindible que la justicia penal sea condenatoria con los
victimarios, pero al mismo tiempo reparatoria con las víctimas.

El
jueves 8 de septiembre nos enteramos que el Tribunal de Juicio Oral de
Valparaíso declaró culpables a los dos hombres que montaron una red de
explotación sexual comercial en torno a la residencia Anita Cruchaga en
Viña del Mar. Fueron tres meses de juicio, pero desde que iniciamos las
primeras denuncias han pasado cuatro años. Las niñas ya son mujeres.

Hoy
tenemos este fallo inédito; es primera vez que el delito se llama como
lo que es: explotación sexual comercial de menores de edad, y no
“prostitución infantil”, como se le decía siempre erróneamente. Esto,
sin duda, sienta un precedente y nos alegra. Fuimos varios los
profesionales que veíamos a las niñas como víctimas y buscamos
defenderlas de estos siniestros delincuentes, y debemos sentirnos
satisfechos. Pero lo dramático del caso es que muchas de las chicas que
declararon en la causa incluso hoy no se consideran víctimas aunque les
duele hasta el aliento, como canta Serrat.

Para sanar una herida hay que verla, saber dónde está, por qué duele. Si no la ves, te hace daño, pero no la puedes curar.

Eso es lo que pasó con las adolescentes que fueron explotadas por estos hombres.

Las
niñas en residencias de protección con tremendas historias de
vulneraciones y abusos, particularmente sexuales, acarrean un nivel de
daño tal, que, si no son tratadas por la sociedad y todo el sistema de
protección con una perspectiva de género, seguirán reproduciendo el
nefasto modelo patriarcal. Ese que llevó incluso a sus madres a hacer la
vista gorda cuando un padrastro o una pareja ocasional abusó de ellas,
que fue en muchos casos lo mismo que les pasó a ellas con sus madres,
hoy las abuelas.

Para
muchas de estas niñas, triunfar en la vida, salir adelante, es
conseguir un hombre que las quiera, armar “familia”, quedar embarazadas,
ceder a sus deseos. Por ese malentendido amor, son capaces de
entregarse a otros, si él se los pide. Es un falso consentimiento el que
ellas entregan, porque no tienen conciencia del abuso del que son
víctimas, ya que su sí está mediado por sus historias de daño, abandono,
abuso.

Y eso lo sabían los explotadores de las niñas de la Anita Cruchaga.

Con
regalos, falso cariño, fiestas, droga, las iban envolviendo en una
espiral de manipulación y deterioro. Y el sistema no ayudó a pararlos a
tiempo. Porque para actuar en consecuencia con la gravedad del delito,
todos –Carabineros, PDI, Cesfam, hospitales, colegios, tribunales,
vecinos– debieron entender de inmediato que eran víctimas y no “cabras
sueltas” que se portaban mal. Por eso creo que aquí hubo condena, sí,
pero no reparación. Y que esas niñas, que hoy son mujeres con distintas
suertes (incluida una que tiene un hijo de su explotador y otra que
murió de sobredosis en la calle) siguen sin tener justicia.

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