La
velocidad con que se modifican las opiniones y las decisiones que
afectan a la persona y a la colectividad está absolutamente incrementada
en nuestra sociedad que, paradójicamente, al mismo tiempo reclama
acciones urgentes para estabilizar procesos o actitudes que nos puedan
generar beneficios directos en el más corto plazo posible. Hay ejemplos
que nos sugieren que estamos en una frenética búsqueda de ideas sólidas
para un mundo que Z. Bauman describe acertadamente como líquido, y en el
cual se estarían dando las condiciones ideales para que se debiliten
los vínculos entre las partes, entre los individuos, entre las
sociedades, afectando primeramente, y como suele suceder a lo largo de
la historia, al lado más flexible y fluido, pero, por otra parte, más
vulnerable del entramado social. Lo cierto es que las opiniones vertidas
y las decisiones tomadas pasan a formar parte de una secuencia
globalizada de antecedentes con los cuales contamos para reducir las
cotidianas incertidumbres que nos afectan en el entorno inmediato, en la
ciudad, en el país, en un planeta que siempre ha estado definido por un
radical cambio de su estructura natural y al cual insistimos en
enmarcarlo con el uso de conceptos y paradigmas rígidos, somnolientos y
alejados de esa impredecible realidad. Sin embargo, no por ello las
opiniones y las decisiones dejan de tener influencia en quienes pueden
ser afectados por ellas en primeras instancias o entre aquellos que las
reciben desde posiciones secundarias, generando efectos que se pueden
notar, imperceptiblemente, en la estabilidad mental y en la inteligencia
emocional con las cuales contamos para adecuarnos como seres vivientes y
humanos a los continuos cambios que caracterizan la época que nos ha
tocado vivir. Debería haber, en consecuencia, una cierta dosis mínima de
responsabilidad que emerja no solo de lo práctico y concreto que pueda
ser una decisión, cualquiera que ella sea, sino que de lo racional e
impactantemente humano que ella conlleve. Las actitudes y las ideas
dominantes que se elevan sin análisis, sin reflexión y sin confrontación
con las intenciones de quienes las propician, normalmente conducen al
establecimiento de verdades opacas y de evidencias de privilegios, lo
cual contribuye a sembrar la desconfianza mutua, a propiciar el
aislamiento y el distanciamiento social y a mirar con cierta distancia
la cooperación y la solidaridad. Las consecuencias pueden magnificarse
especialmente cuando estamos sumidos en medio de una pandemia que no da
señales de claudicar ante el ahora indefenso ser humano y que ponen, una
vez más, nuestros destinos en un final incierto. La reformulación de
una sociedad dialogante es requisito sólido y esencial para los días que
vivimos, pero esto no es posible sin anhelos que marginen la
intolerancia, la desigualdad y la ambición. Esta capacidad de diálogo
nos aleja decididamente de la sensación de desconfianza total en la
capacidad de empatía subyacente a toda posibilidad de construcción
social inclusiva e igualitaria, en un paisaje de cambio constante y
transitorio, atado a factores educativos, culturales y ciertamente
económicos, y que afecta por igual las estructuras del Estado, las
condiciones laborales, las relaciones interestatales, la subjetividad
colectiva, la producción cultural, la esfera íntima de las relaciones
amorosas y la amistad, la vida cotidiana y las relaciones entre el ser y
el/la otro/a.