¡Que
lindo ver como progresa nuestra región! De un tiempo a esta parte
podemos orgullosamente decir que nos parecemos a Berlín. ¿Cómo?,
preguntará usted.
Bueno,
no exactamente al Berlín actual, sino más bien a Berlín Occidental
hasta antes de la caída de su famoso muro: en efecto, Berlín estuvo por
décadas cercada y la única forma que había para entrar o salir era por
vía aérea o por un corredor estrechamente vigilado, todo para evitar que
los berlineses de uno u otro lado se contagiasen mutuamente de libertad
o comunismo según la perspectiva de cada cual.
Lo
mismo ocurre hoy en Magallanes, sólo es posible salir o entrar por vía
aérea (o marítima, ahí tenemos una ventaja sobre los berlineses), luego
de pasar una serie de controles y siempre y cuando se disponga de los
medios económicos para acceder a un pasaje o a un cupo en el ferry al
“Norte”, lo que es una clara discriminación hacia aquellos que no pueden
darse el lujo de, por ejemplo, poder ir a visitar a la familia o amigos
a Río Gallegos dando toda la vuelta por Santiago y Buenos Aires. Ni
hablemos de vacaciones; lo mismo ocurre con los turistas, pocos son los
que se animan a llegar por vía aérea, y ninguno puede hacerlo por tierra.
Las
reacciones ante lo desconocido sin duda justifican tomar medidas que
luego pueden quedar obsoletas por exageradas o inútiles cuando se conoce
más, se tienen más datos o simplemente se cuenta con el tiempo
suficiente para analizar mejor aquellas decisiones. El cierre de
frontera – junto a confinamientos, restricciones al desplazamiento, etc.
– puede haber tenido justificación en ese contexto, con el fin de
aprovechar nuestra calidad de “región isla” y evitar así el ingreso de
un virus que parecía terrible. Pero el tiempo pasa, y hoy la situación
es muy distinta a la de marzo de 2020: ya se sabe que el bicho, a pesar
de su virulencia, no es más mortífero que una influenza mal cuidada, se
conocen las mejores formas para atacarlo y un porcentaje muy relevante
de la población está vacunada (con vacunas cuya efectividad merece todavía una discusión seria pero que no es tema de esta columna).
Cabe
entonces preguntarse cual es la lógica de mantener las fronteras
terrestres cerradas; ciertamente no puede ser la imposibilidad de
mantener “distanciamiento social” cuando toleramos que diariamente
lleguen pasajeros apiñados en un avión. Tampoco resiste análisis la
imposibilidad de controlar, sabiendo que desde siempre han existido
controles eficientes tanto de Aduanas como del SAG (si es posible
detectar que alguien trae un trozo de jamón de contrabando, no veo por
qué no se pueda controlar que venga con un PCR negativo, sin perjuicio
de si eso sirve o no para algo). Por cierto, dudo que nuevas cepas o
alguna de las antiguas tenga alguna preferencia en viajar por tierra en vez de hacerlo por avión.
Y menos criterio aún parece haber para decretar una apertura parcial el 1 de Enero, ¡en Río
Guillermo! ¿Por qué sólo ahí y no en los demás pasos? ¿Cuál es la razón
de no abrir todos los demás? ¿Por qué mantener cerrados Dorotea, Monte
Aymond, San Sebastián? O por último, ¿no valdría más la pena empezar por
aquellos? Son preguntas que los Magallánicos tenemos derecho a hacer y
también tenemos derecho a conocer las respuestas, porque es nuestra
gente la que sufre las consecuencias del encierro; se nos está
discriminando, y más aún a aquellos que no tienen la posibilidad de
acceder a un pasaje marítimo o aéreo. A ver si podemos de verdad
compararnos con el Berlín actual y no con aquel tristemente célebre de
la guerra fría.