Resulta
imposible desentenderse de la sensación de tragedia que envuelve a las
elecciones presidenciales de noviembre. De a poco, vemos como el país
camina a paso firme hacia cualquiera de los dos abismos propuestos por
los candidatos de extrema izquierda y derecha. Muchos observan este
escenario con estupor, sorprendidos por la adhesión generada por José
Antonio Kast. Sin embargo, cuando se mira la trayectoria política del
país, no es difícil inferir que su irrupción no es otra cosa que una
reacción visceral a la violencia desatada a partir del 2019.
El
problema de legitimar la violencia como herramienta política es que la
democracia es reemplazada por la fuerza como forma de resolver los
conflictos. Es esto lo que han venido validando varios sectores de la
oposición cada vez que la violencia es funcional a sus objetivos
políticos. Destacan los saqueos a pymes, la vandalización de espacios
públicos y privados, el descontrol en la Araucanía, y en general
cualquier acto violento que juzguen favorable a su causa. Esto ha
transformado al país en tierra de nadie, afectando principalmente a los
sectores más vulnerables.
El
problema es que la respuesta más visceral a la violencia es la
violencia. Por lo mismo, muchas personas, aburridas de vivir en un clima
donde certezas mínimas escasean (tener trabajo, llegar sano y salvo a
casa, poder movilizarse libremente por la ciudad, que el dinero no
pierda su valor, leyes estables y predecibles, entre otros), han puesto
su atención en Kast, que promete restablecer el orden con mano dura,
aunque esto sea a sangre y fuego. El tema es que quien padece
desesperadamente la violencia poco le importa si la salida es
democrática o autoritaria. Y, en general, son pocos los que están
interesados en sacrificar algo de lo suyo por llevar a cabo la
revolución o cualquier otro desvelo ideológico de la elite. De esta
forma, la izquierda tiene mucho que ver con el fenómeno Kast, que no es
otra cosa que una respuesta a sus excesos políticos.
El
escenario electoral es triste, pero cuando se visualiza una probable
segunda vuelta entre Gabriel Boric y Kast es simplemente tenebroso. El
primero, ha validado la violencia como herramienta política desde el
2019, por lo que es probable que si es presidente esta le explote en la
cara, como ya le ha ocurrido, tornándose inmanejable el país. A esto hay
que sumarle que su
programa no tiene es absolutamente inviable desde un punto de vista
económico, lo que vendría agravar la actual crisis. Por su lado, la mano
dura de Kast no parece ir en el sentido de calmar los ánimos, sino que
probablemente crispará aún más el ambiente político. En cuanto a su
programa, es igual o peor que el de Boric, destacando medidas que son un
claro retroceso en cuanto a derechos y libertades civiles ganadas con
mucho esfuerzo. De alguna forma, todo esto suena como un revival pobre
del periodo de la UP y la dictadura, momento histórico del cual no hay
mucho que rescatar.
Sin
embargo, como en toda elección, somos los ciudadanos los que tenemos la
última palabra. Tanto Kast como Boric ganan con la polarización, no
sólo porque las circunstancias los hacen parecer más necesarios, sino
que también porque invisibilizan a los demás candidatos. Por mientras,
Sebastián Sichel y Yasna Provoste, con todos sus ripios, cuentan con
programas serios y equipos sólidos que van en la línea de sacar el país a
flote y no de incendiarlo. De alguna manera, las posibilidades de salir
de esta crisis dependen del sano ejercicio cívico de respirar profundo y
no caer presa del fanatismo.
La
violencia se ha tomado la política y los extremos ganan al promoverla.
El problema de la violencia es que, al igual que el fuego, si no se
ataja a tiempo arrasa con todo. El incendio ya empezó, y un triunfo de
Kast o de Boric amenaza con transformar la convivencia política en
brasas. Ya que, a fin de cuentas, todos los fuegos son el mismo fuego.