Inclusión o integración

Asiste la razón al director
del Liceo Nobelius, Alex Martinic, cuando sostiene que la ley 20.845,
lo único que hizo fue aumentar más la brecha entre los colegios
particulares y públicos, en realidad hizo algo más, termin
ó
con la integración, esto es, ya no son los alumnos los que deben hacer
un esfuerzo por incorporarse a la escuela en igualdad de condiciones,
asumiendo la normalidad, la regularidad y la disciplina que
proporcionaba la otrora orgullosa educación pública, sino que ahora es
la escuela como institución la que debe dar respuesta a la diversidad
que recoge y que debe asumir sin filtro, sin condiciones, sin estándares
ni exigencias que puedan considerarse arbitrarias o discriminatorias.

La
diferencia no es menor, el modelito es el malo. O sea, el legislador
se puso en la onda, se subió a las últimas corrientes pedagógicas sin
reparar en las consecuencias y en la realidad nacional, donde ya dos de
cada tres niños estudian en el sistema particular o subvencionado.
Nuestros legisladores en la vanguardia, se apartaron de la realidad,
decidieron satanizar el lucro y olvidaron un principio básico, para
cambiar la realidad tengo que dar cuenta de ella, no puedo ni debo tener
la soberbia de cambiar bruscamente los hábitos y los valores
predominantes, en que las familias chilenas repudian esa forma de
inclusión, siguen privilegiando la integración, valorando la disciplina
en el pensar y en el hacer, por eso no envían a sus hijos a la escuela
pública, porque esta dejo de estar al servicio de todos, sino que se
transformó en sirviente de todos, sin reglas, obediente al capricho, a
la cultura del facilitismo y el abuso, porque cuando se sostiene que el
paro docente es legítimo porque el problema se resuelve recargando la
jornada regular de los alumnos que sufrieron las consecuencias, eso es
abuso y vulneración de derechos. La vieja escuela pública es
irrecuperable porque descansaba en reglas y sistemas de control
distintos, la Superintendencia de Educación, existía inserta en el
Ministerio de Educación, no fuera de él, controlando a todos por igual,
esto no hace sino corroborar que la inclusión así planteada es
contraria a los principios de la vieja escuela pública como institución,
porque esta supone normas, principios y sistemas de control enteramente
distintos.

El
lucro no debió ser jamás el tema central de la reforma sino quedar
entregado a la libre valoración que los padres hacen de cada
establecimiento y de sus posibilidades, el tema es que los recursos
públicos debieron foc
alizarse
en lo que quedaba del sistema público, de ese treinta por cierto
restante que sigue siendo muy superior al número de alumnos que
históricamente atendió el Estado, bajo administración directa, no
pretender cubrir todo el mercado bajo la consigna que inspiró esta
reforma -todas las escuelas dentro del Estado-. Así planteadas las cosas
la ley 20845 hizo algo más, tiene un fuerte tufillo totalitario, y por
eso los padres buscan nuevas opciones, entienden que tienen derecho a la
diversidad que ellos elijan pero no están dispuestos a aceptar toda la
diversidad que obligatoriamente deben soportar en los establecimientos
públicos, esto hace la diferencia. De hecho se puede estar por una
educación pública, laica, gratuita y de calidad, pero esa calidad no
será consecuencia de la inclusión generalizada y fuera de control, sino
que conforme a reglas, exigencias y sistemas de control público, sin
promoción universal, con criterios objetivos y formales de selección,
conforme a proyectos educativos consistentes y evaluados por el
Ministerio de Educación, sino seguiremos viviendo crisis c
omo
las del Instituto Nacional, en que en aras de la integración se cultivó
un descalabro generalizado. Así planteadas las cosas el problema no era
de inclusión sino que de integración, que es distinto.

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