Mucho
se habla en estos días del “cambio climático” como consecuencia de la
actividad humana, principalmente por la emisión de gases que generarían
un “efecto invernadero”. No puede descartarse que las emisiones hayan
acelerado algunos procesos, y ello abre espacio para un interesante,
importante y, sobre todo, necesario debate, porque en base a su
aceptación se definen políticas públicas.
Sin
embargo, el problema se trata en general con una mirada cortoplacista,
tanto porque en general se refiere a percepciones asociadas a la memoria
individual (el típico “en mis tiempos sí que nevaba!”), como porque
subyace el concepto de que el clima no cambiaba antes de estar nosotros
aquí.
Nuestra
permanencia en este mundo dura apenas unos cuantos decenios, que
representan una fracción infinitesimal de la historia y evolución del
planeta. Por eso tenemos la tendencia natural a ver nuestro entorno de
una manera estática, como si nada realmente se moviera. Y tiene sentido:
nos podrán decir que las placas de la corteza terrestre se mueven y hay
deriva continental (y terremotos!); pero si se mueven a apenas unos
centímetros por año, es difícil que en los – con mucha suerte – 100
años que pudiésemos vivir, nos demos realmente cuenta de que África y
América están 5 o 10 metros más separados de lo que estaban cuando
nacimos.
Por
eso, cuando introducimos una mirada a más largo plazo, de miles – o
millones – de años, la cosa cambia, y lo que hoy nos parece estático
deja de serlo, dando lugar a un cambio continuo. Es como si viésemos
sólo algunos fotogramas de una película: cada uno será una foto
estática; pero al darle movimiento (tiempo), se convierte en algo muy
dinámico. Así, en un millón de años África y América ya estarán 50
kilómetros más lejos, y 500 kilómetros en 10 millones de años, y 5.000
kilómetros en 100 millones años! Y ahí empieza a hacer sentido la
historia geológica, cuando hoy sabemos que, justamente, ambos
continentes comenzaron a separarse hace algo más de 100 millones de años
y hoy tienen el océano Atlántico entre medio.
Es
en ese contexto, con una mirada que trascienda nuestra cortísima
presencia en este mundo, se puede afirmar que el clima no solo está
cambiando, sino que no ha dejado – ni dejará – de hacerlo. Incluso sin
ir a millones de años atrás, en una mirada más “cercana”, hay registros
de la ocurrencia de periodos cálidos por ejemplo durante la expansión
del Imperio Romano, seguidos por épocas frías y nuevamente cálidas
durante la Edad Media, y luego muy frías durante la “pequeña edad de
hielo” de un par de siglos atrás; todo eso por cierto una vez superada
la última glaciación, que llegó después de un periodo mucho más cálido
que el actual, a fines de la era Terciaria. Por cierto, todos esos cambios
vienen ocurriendo desde mucho antes de la actividad industrial y,
ciertamente, desde mucho antes de que el hombre iniciara su deambular
por el planeta.
En
consecuencia, la modificación de nuestro entorno y el Cambio Climático
deben ser estudiados en serio para entender bien qué podemos o debemos
hacer para adaptarnos, morigerar sus efectos, o aprovechar las bondades
que pudiere traer. Es lo que está haciendo nuestro muy magallánico
Centro de Investigación Cequa, que en conjunto con investigadores
internacionales de primer nivel, está desarrollando un proyecto en la
vanguardia de la ciencia mundial.
Aunque
en condiciones espartanas, con la humildad de los verdaderos
científicos y con ciertas incertidumbres sobre la disponibilidad de
recursos básicos, el proyecto Microbioma busca establecer la respuesta
de los microorganismos presentes en 9 especies de la fauna marina
regional a los cambios ambientales, obteniendo datos duros que permitan o
ayuden a responder grandes interrogantes sobre el Cambio Climático. Es
un proyecto que merece todo nuestro reconocimiento y una institución
regional que merece todo nuestro apoyo.