El
efecto dominó o mariposa, donde una cosa conlleva a la otra, se está
viendo traducido en la irresponsabilidad ciudadana que hemos percibido
en nuestro país en los últimos sesenta días. El estallido social generó
una desconfianza en nuestras máximas autoridades, lo que se ha visto
reflejado en la desobediencia a las medidas sanitarias que se vienen
aplicando en Chile desde el 3 de marzo pasado. El mismo ministro de
Salud, Jaime Mañalich, lo reconocía hace pocos días en una entrevista:
“No podemos minimizar el contexto sociopolítico en el que la pandemia se
desarrolla. Y si bien es cierto que el brote del Coronavirus ha puesto
en paréntesis la crisis política de Chile, que comenzó el 18 de octubre,
decirle a la gente que confíe en lo que el Estado le dice como conducta
correcta es muy difícil. Ese trasfondo de falta de confianza recíproca
nos jugó una mala pasada en la lucha contra esta pandemia”. Y es lo que
definitivamente ha ocurrido en los ultimos dos meses. Hay mucha
irresponsabilidad producto de una desobediencia social. En eso debemos
estar muy atentos en Magallanes, porque la conducta de las personas, una
vez que hubo un levantamiento de las restricciones en la Región
Metropolitana, no fue la deseable. Hoy les está jugando muy en contra.
Allá, en Santiago, se produjo una liberación en términos de hacer
fiestas en departamentos, clandestinas, que significaron un potencial de
riesgo enorme, y, además, hasta se pensó en reabrir muchos centros
comerciales. Si esto no es bien manejado en Punta Arenas nos podría
ocurrir lo mismo y en un par de semanas volver al confinamiento que
tuvimos por 37 días. Acá las responsabilidades son personales y se deben
dejar de lado egoísmos e ideologías, por el bien de uno y por el bien
de todos.