Últimamente
estamos tan atentos al advenimiento de una persona en quien se confíe
la libertad y sus buenas trazas, que hemos sido negligentes al verificar
atentamente cómo pululan entre nosotros los enemigos de ella.
No
tenerlos en cuenta podría dirigirnos a una hecatombe sin salida —o, al
menos, a una muy costosa—, donde el anquilosamiento del desarrollo de
nuestro país se torne un destino frecuente y que, eventualmente, nos
estalle en la cara si no somos capaces de advertirlo, permitiendo así su
llegada a distintas instancias de poder en épocas ulteriores.
Siempre
han existido, existen y existirán los enemigos de la libertad. Aquellos
que atentan en detrimento de ella, comúnmente, se pueden vislumbrar
encubiertos con un aparente velo de inocencia y magnanimidad en su
solicitud por supuestas reivindicaciones sociales, garantías de
solidaridad y de acceso a beneficios incluyentes, solapando amplias
pretensiones de propagar servidumbre a través de ideas que conllevan a
la manipulación, los controles y el vasallaje.
Pero,
¿quiénes son y cómo reconocer la vocación autoritaria en ellos? ¿De qué
manera identificamos sus artimañas subrepticias en aras de la obtención
del poder y la dominación?
Ver
al señor alcalde, Daniel Jadue, es verificar el epítome de mucha
vergüenza reunida en este sentido y, justamente, todo aquello que el
país no necesita: un político que prefiere el intervencionismo a la
eficiencia de los mercados libres; que nunca pregunta cómo se pagan los
beneficios ni cuáles son los costos; que fabrica sus propias verdades,
aseverando que interpreta de esta manera el sentimiento de la
colectividad. Un tomador de decisión que se ampara en el
marxismo-leninismo ¿no lo cree? remítase a la resolución publicada el 11
de diciembre del año 2020 sobre el XXVI congreso nacional del Partido
Comunista de Chile.
Un
político, en conclusión, que acuciosamente y, cada vez que puede,
necesita decir lo que quiere oír la gente, mientras él hace y deshace en
nombre de todos. Pero que, además, intenta confiscar los procesos
sociales para jugar a su propio interés argumentando lo imposible de
sostener, haciendo promesas que nunca podrá honrar.