Este año 2020 tiene para Chile desafíos
mayúsculos. El proceso revolucionario en curso desde hace varios años llevado a
cabo por sectores insurreccionales de la izquierda, con la anuencia de grupos
institucionalizados de la oposición al gobierno de Piñera, escaló a una etapa
de conflicto político evidente a partir de octubre de 2019, lo que ha calado en
cada estrato social y que ha traído consigo división, confrontación violenta
entre civiles y entre civiles y carabineros, una sensación de incertidumbre generalizada y que la pasividad gubernamental no ha
ayudado a menguar.
Lo único concreto que ha salido del así llamado
“estallido social” es el momento constituyente propiciado por el
acuerdo entre las fuerzas políticas institucionalizadas, con la excepción de
sectores del Frente Amplio y del Partido Comunista.
Este es, probablemente, el punto de inflexión más
importante de la historia reciente. El triunfo de cualquiera de las dos
opciones igualmente legítimas, implica un cambio en el curso del modelo de desarrollo
y del devenir del país. En este escenario, la opción rechazo es la que menores
repercusiones conlleva porque implica el triunfo de la razón, de la moderación,
de la paz y del reconocimiento a los tremendos avances que la sociedad chilena
ha alcanzado gracias, en gran medida, a la constitución vigente en la
actualidad y que lleva la firma del expresidente Lagos.
Pero sin duda, los sectores afines al rechazo,
deben considerar la opinión y la visión de los jóvenes. La derecha
tradicionalmente no ha sabido dar la batalla cultural efectiva en la defensa
del modelo de la libertad y del sentido común. Por el contrario, han sucumbido
a la tentación de hipotecar su ideales por el miedo de caer en el olvido y de
perder el poder.
Los jóvenes vimos con vergüenza como los partidos
tradicionales de derecha ante la increíble falta de oficio a pesar de la
experiencia en los pasillos del poder, la carencia de ideales sólidos y la
falta de coraje para defenderse del embate de la izquierda, terminaron cediendo
en prácticamente todo, desoyendo y dando la espalda a su base social.
No hay futuro sin los jóvenes. Queremos trabajar
por la opción rechazo, pero nuestra visión y proyecto libertarios deben estar
sobre la mesa y tener influencia real en las decisiones políticas en este
contexto. El futuro lo viviremos nosotros y es en parte gracias a su desidia
que ahora vemos peligrar la esperanza de progreso. Es por esto que no estamos
disponibles para tareas menores. Queremos influir en nuestro destino y no
podemos confiar plenamente en los que ayudaron a destruir el presente.
El Partido Libertario en formación tiene las
ganas, las ideas, la fuerza y las personas dispuestas a trabajar por Chile y de
manera propositiva, no con campaña del terror, va a defender sus ideas con
convicción.
Nuestra voz es tan potente que los mayores no
alcanzarán a desoírla. Y si lo hacen como lo manda su tradición, significa que
no entienderon que la brecha generacional que vemos en las calles también la
tenemos nosotros y nada de todo este proceso habrá valido la pena.