Los
incendios forestales se han transformado en una trágica costumbre de
los veranos y esta vez le tocó a las regiones de Ñuble y Bio Bio. Las
alertas partieron hace cuatro días cuando se activaron focos en
Contulmo, Quiruhue y Quillón. El jueves 2 de febrero el fuego alcanzó
las poblaciones Villa Jerusalén y Nueva Esperanza de Chillán destruyendo
las primeras casas y en la tarde, un foco se activó en la comuna de
Florida, a 16 kilómetros del Gran Concepción. La mezcla entre calor y
viento expandió el fuego por 8 kilómetros y alcanzó la Ruta del Itata,
quemando una plaza peaje troncal. Esto obligó al MOP a cerrar la
carretera y a las pocas horas debió hacer lo mismo en el kilómetro 21,
cuando otra lengua de fuego que venía desde Quillón subió hasta la ruta,
destruyendo la planta de Celulosa Nueva Aldea.
Mientras
esta pesadilla ocurría en el sur, en Santiago casi no se hablaba del
tema. Los portales de noticias seguían informando de un caso de relojes
robados que involucraba a personajes de la farándula o los intentos del
gobierno por sumar al PPD, a su lista única de Convencionales. Solo
cuando se produce la evacuación del hospital de Arauco y de 3 mil
vecinos de poblaciones que colindan con los bosques que rodean esta
ciudad, la cobertura del desastre aumentó. El jueves en la tarde había
más de 40 focos activos y recién en la madrugada del Viernes 3 de
Febrero, el Gobierno decreta Estado de Catástrofe para el Ñuble, como
venían pidiendo los alcaldes de las comunas afectadas desde el jueves en
la mañana.
Usando
mapas del sistema FIRMS de NASA pude ver que los incendios se habían
originado en plantaciones forestales cercanas a caminos y ciudades, como
ocurrió en la tragedia de 2017 donde se quemaron 587 mil hectáreas
entre las regiones de Coquimbo y Los Lagos, dejando 10 fallecidos y
destruyendo más de mil viviendas, incluyendo toda la localidad de Santa
Olga. Luego de este megaincendio se recomendó dejar un anillo sin
bosques rodeando las ciudades pero bastaba ver los casos de Arauco,
Santa Juana o el mismo Chillán Sur para ver que esta medida nunca se
implementó. Tampoco se reforzaron las flotas de aviones hidrantes, al
punto que el gobierno ha tenido que arrendar naves a privados y limitar
la flota en el sur por si surgen incendios en las regiones del centro.
Los municipios no estaban preparados y las empresas forestales tampoco,
pese a que sus campos y plantaciones rodean los centros poblados.
¿Nadie
pensó que podían generarse incendios parecidos al 2017? Recordemos que
en 2021, se quemaron 1.400 hectáreas y 5 viviendas en Quillón y también
hubo que evacuar centros poblados. Esta improvisación se repite en el
Gran Valparaíso, donde todos los años se reportan incendios que
destruyen viviendas y amenazan zonas densamente pobladas, mientras la
ciudad crece hacia zonas boscosas de difícil acceso, con campamentos y
viviendas precarias. El último incendio ocurrió el 22 de diciembre del
año pasado y destruyó 130 casas lo que debe considerarse un milagro,
considerando que el fuego bajó por una quebrada rodeada de campamentos.
Si la dirección del viento hubiese cambiado, la tragedia habría sido
enorme. Pero tuvimos suerte, ya que tal como en Ñuble o en Maule, en
Valparaíso no se hicieron los cortafuegos, los estanques ni los caminos
para llegar a las zonas de riesgo.
Cuando
cierro esta columna, el fuego ya se extendió hacia la Araucanía y el
Maule, y se agravó considerablemente en el Bio Bio, que fue declarado
zona de catástrofe en la mañana del Viernes luego que llamas rodearan
las comunas de Santa Juana y Tome. No sabemos como terminará esta
historia pero una cosa está clara: no podemos seguir dependiendo del
clima y la dirección del viento. Con el fuego no se juega. Las
autoridades deben tomar las medidas recomendadas, reforzando las
capacidades operativas de la CONAF y las flotas de aviones hidrantes y
camiones para extinguir el fuego. Deben implementarse los anillos de
protección de las ciudades, exigiendo protocolos de limpieza y cuidado a
las empresas eléctricas y forestales que administran estas tierras,
para evitar que se transformen en bombas de tiempo cuando llega el
verano, en condiciones climáticas cada vez menos favorables.