Jugar con fuego

Desde
que el hombre descubrió que las llamas de una hoguera podían darles
calor y un sabor distinto a sus comidas comenzó la experimentación para
lograr mejorías. Desde entonces, y en búsqueda de la demostración de la
superioridad frente a sus semejantes más que para el mejoramiento de sus
condiciones de vida, se ha estado en una permanente búsqueda de cierta
supremacía que solo tiene como resultado la vanidad.

De
esa manera hemos visto cómo ha proliferado la carrera armamentista,
desde el uso de una simple lanza para poder cazar animales que asegure
la subsistencia hasta los torpedos intercontinentales con lo que nos han
puesto en una situación de amenaza mundial imposible de contrarrestar.
La carrera espacial ha sido otra de las locuras del hombre, donde en vez
de compartir experiencias para obtener calidad en las investigaciones,
han visto en el que habla distinto como una amenaza de seguridad
nacional. Y eso siempre bajo la premisa de alguien a quien se le ocurrió
imprimir el concepto.

La
necesidad de energías nos ha llevado a la explotación del hombre para
conseguir carbón que alimente fábricas. Luego serían los bosques y el
petróleo, y la defensa de los poderes económicos que están detrás de las
empresas que lo controlan y que nos han llevado a un sometimiento
irresistible porque la vorágine de la vida nos ha hecho perder el
control por causa del avance de la economía.

Las
energías limpias están alejadas, pues durante decenios las limitaron
como de difícil y costoso desarrollo, cuando lo único que hicieron fue
defender los intereses de las grandes empresas que no querían perder la
magnífica inversión en el negro líquido. Países de los desiertos más
recónditos florecieron a niveles inimaginables graci
as
a él, y por ello nadie está en condiciones de cambiar los modos de vida
que se han desarrollado y donde la vanidad vuelve a estar presente.

Y luego de Hiroshima se comenzó a darle una nueva visión a la
energía atómica descubierta con la fusión de ciertos elementos. La
necesidad de llegar a muchos lugares con una tecnología que podría ser
duradera en el tiempo y sin mayor desgaste de materiales llevó a una
nueva carrera entre potencias, de modo tal que, junto con dar luz y
calor a los pueblos cercanos, aprovecharon a seguir experimentando en el
desarrollo de armas que podrían destruir más de una vez la totalidad de
la vida de la Tierra con la sola presión de un botón.

Ahora
bien, las fuerzas del poder del hombre no son nada con las de la
naturaleza, y es así como nos encontramos con los desastres de Chernobyl
y Fukushima, en 1986 y 2011, que nos demuestran que no es fácil
controlar todos los elementos que se guardan en la recámara de las
instalaciones más custodiadas del orbe. Un error, un descuido, una
fatiga de material, una tormenta o un terremoto puede generar un
desastre como el de Ucrania, el cual hoy en día está bajo las balas de
un ejercito invasor, donde un desequilibrado puede apuntar sus armas
hacia ese lugar como último mensaje apocalíptico y transformar en
invivible todo lo que conocemos.

Aunque
estemos lejos del epicentro bélico, no podemos negar que seremos
consecuencia de lo que allí ocurra; por lo tanto, en el día de hoy, 26
de abril, no podemos olvidarnos de recordar la desgracia de Chernobyl,
que la ONU instituyó para su recuerdo permanente y como advertencia de
lo que significa el poco cuidado que le brindamos a lo único que tenemos
y que es nuestra Tierra. Hace unos días la estábamos celebrando y de
nada sirve homenajearla si no cuidamos de la basura que estamos
dispuestos a tirar en los patios traseros y donde los desechos
nucleares, inmanejables, son los más perjudiciales.

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