La Armada de Chile y su compromiso perenne

En los albores de la patria, el prócer general Bernardo O’Higgins Riquelme acariciaba un sueño que requería ser realidad. Se trataba nada más y nada menos de la  conformación de una escuadra que le permitiera surcar los mares en plena potestad y enfrentar las eventuales confrontaciones en igualdad de condiciones y con la dignidad requerida.

Lo cierto que la empresa no resultaba fácil, más aún si se consideraba que buena parte de lo recaudado en la colonia iba a parar a las arcas realistas, lo que hacía más complicado el reunir los recursos requerido, considerando que el mundo de la época se veía trastornado por las diferentes guerras y batallas del viejo continente.

Pero si de algo había que hacer un reconocimiento al prócer, era precisamente de su perseverancia y dedicación que le imprimía a sus ideales y proyectos, éste era uno de ellos.
Innumerables viajes a Norteamérica e Inglaterra le significaron la crítica y odiosidad de quienes no veían con buenos ojos el emprendimiento. No obstante, los representantes tenían como misión el encargar la construcción de naves y la contratación de oficiales experimentados en el arte de la navegación.

Todo lo transcurrido luego, es historia conocida y aprendida. Lo anterior se materializa durante la patria nueva  (1817-1818), en donde en su calidad de director supremo, concreta la organización de la Marina de Guerra, consistente en una pequeña flota y con la cual se da forma a la 1ª escuadra de la naciente Nación. A partir de allí, el Estado Chileno inicia una nueva era, marcada por su presencia permanente en el insondable mar, historia gloriosa de nuestra Armada Nacional, la que emerge en el fragor de la batalla e inmortalizándose en las palabras del prócer: “Este triunfo y cien más se harán insignificantes si no dominamos el mar (…)”
Pero no ha resultado una tarea fácil, han existido los momentos de gloria y también aquellos que han ensombrecido sus páginas. Nada de eso, amedrenta al marino. Su formación en las respectivas escuelas e Institutos, han moldeado el carácter y la personalidad de éste hombre y/o mujer, que lucen orgullosos (as) el uniforme a bordo de las distintas unidades.

Es importante destacar que la vida naval no se circunscribe tan solo a lo ocurrido en el combate de Iquique y Punta Gruesa, que por éstos días conmemoramos como fechas que engalanan el devenir de la Institución. Es una muestra del compromiso adquirido con la Nación y que les lleva a sacrificios extremos como los demostrados en la ocasión por Arturo Prat y sus hombres a bordo de la vieja mancarrona y por otro, Carlos Condell, haciendo gala de su pericia y temple para esquivar las intenciones del enemigo.

Si bien es cierto que los destinos de ambos nobles marinos fueron diferentes, no es menos cierto que ellos transmiten un mensaje a través de la historia y emergen como un claro ejemplo a generaciones venideras: el valor para enfrentar las dificultades, cualquiera éstas sean y por otro, la capacidad e inteligencia para encontrar el rumbo adecuado y llegar a buen puerto. Tal enseñanza, está grabada a fuego en el alma mater de nuestra Armada, y es por ello que esa capacidad y sapiencia la ponen de manifiesto cada vez que la ciudadanía lo ha requerido.

Han contribuido en forma encomiable al desarrollo y expansión del territorio, poniendo toda su voluntad, esfuerzo y compromiso para que las tareas emprendidas se concreten a cabalidad y con prontitud.
Hoy, la Armada de Chile de norte a sur y hasta lo más recóndito, recibe emocionada el saludo sincero y espóntaneo del ciudadano (a) y de las máximas autoridades del país. Hoy, las cubiertas y sus bronces lucen más relucientes; las campanadas y pitos a bordo, tienen un significado especial, el sonar del clarín resuena más nítido y en cada una de sus notas, surgen la imágenes de otrora que han llenado a través del tiempo de gloria y victoria la bitácora de nuestra gloriosa Armada de Chile.

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