La corrupción también es un delito, como lo es un robo, un homicidio o una estafa,
o como el vandalismo que hemos vivido en los últimos tres años. Nuestro
actual escenario nos tiene a todos preocupados, porque no éramos tan
“blancos” como lo que creíamos hace un par de años, cuando ya no se
recuerda quién fue el primero que se atrevió a decir que éramos “los
tigres de Latinoamérica”. Todo lo anterior pese a que las cifras digan lo contrario, ya que en Chile las
investigaciones por corrupción no alcanzan ni siquiera el 1% de los
delitos que ingresan al sistema de justicia penal; es decir, la
corrupción, cuantitativamente hablando, es poco significativa. Por eso
la tarea del Gobierno del presidente
Gabriel Boric será dura. Darle batalla a la corrupción. La realidad de
hoy nos distancia mucho de hace años, porque cuando no se termina por
destapar un escándalo, aparece otro. Y eso también indignó y provocó el
estallido social. Ningún país está libre de que algún sinvergüenza
pretenda aprovecharse de su poder, político o económico, para
satisfacerse. Y ante ello, en nuestras propias narices hemos visto cómo
muchos utilizan la posición que ocupan para “instalar” a los suyos y
favorecerlos a cambio de algo. Y eso existe, no nos sigamos haciendo los
ciegos. Otros utilizan recursos públicos en provecho propio; hacen uso
de información privilegiada, influyen en los legisladores para obtener
normas o granjerías que beneficien los propios intereses, en perjuicio
del interés de la población. Así es,
y ya es hora de ponerle término. Si fuéramos un país que no tuviera
corrupción sería porque tendríamos los controles adecuados para impedir o
detectar esos actos, y ello no existe.