No
estamos de fiesta ni tenemos nueva casa, porque enfrentamos un proceso
constituyente en que se define precisamente eso, si se prefiere la casa
de los viejos o aquella capaz de asumir los desafíos del siglo
veintiuno. Durante cuarenta años hemos vivido en una casa vieja,
estrecha, incomoda, construida a la fuerza, al amaño y conforme al
capricho de unos pocos, en que a pesar de sus parches la inmensa
mayoría de los chilenos no se siente a gusto, que quiere demolerla para
construir una nueva. Como toda nueva construcción jurídica y política no
será del agrado de todos, pero la única opción es aprender a vivir dentro
de ella, pero al menos esta se ha generado democráticamente y es
expresión de una Asamblea Constituyente, inobjetable en su legitimidad,
aborda los temas del futuro, paridad de género, derechos sociales y
medio ambiente, se define claramente por un Estado Social y Democrático
de Derecho, se respeta la propiedad privada, libertades públicas y
derechos fundamentales.
La
propuesta por el rechazo se ha limitado al negacionismo catastrofista,
no encuentra nada bueno, como si no hubieran tenido posibilidad de
participar, elegir constituyentes u omitir opiniones. En realidad el
rechazo huele a negativa rancia y protectora de los privilegios de unos
pocos.
Con
relación a que debe ser una casa de todos, en realidad se trata de una
metáfora, a estas alturas de falsa retórica, durante cuarenta años
muchos chilenos hemos sentido que nos quedamos fuera, por ejemplo cuando
en medio de condiciones durísimas para muchos hubo tortura,
desapariciones y secuestros y se mutiplicaron los recursos de amparo
rechazados, bajo el amparo de un durísimo régimen de excepción.
El
respeto irrestricto por los derechos humanos no es sino un aspecto en
que resulta insoslayable converger si se quiere sentar la bases de una
sana convivencia, esto no es tarea fácil, aún en los Estados Unidos, se
encontró la vía para el populismo, el resquicio para el interrogatorio
agresivo y construir un limbo jurídico en cárceles secretas o en
Guantánamo, al margen del régimen jurídico aplicable a sus propios
ciudadanos. La propuesta constitucional y la opción por el apruebo mira
al futuro, si no prospera, nos condena una vez más a la solución a la
chilena, a medias, ni todo ni tan poco, algo así como la nada misma, un
nuevo texto con edulcorante, pero que sabe a nuevo.
La votación
del Senado para reformar la Constitución por los 4/7 llega tarde, huele
a búsqueda tardía de protagonismo y defensa corporativa, carece de
credibilidad en tanto emana de una de las instituciones más desprestigiadas
de Chile, y no se percibe como 4/7 van a tener mayor legitimidad que
una asamblea constituyente, máxime si cabe presumir que no tendría el
apoyo de los otros 3/7. O sea, no son realidades homologables.
Por
cierto aprobar, no significa que el texto no pueda tener modificaciones
futuras, inclusive respecto del Senado o como quiera que se llamen los
órganos de representación popular, pero si se revisa el texto con
detenimiento éste contiene un vasto contenido inobjetable, como la
descentralización del poder, el enfoque de género y el nuevo rol
político y social que se reconoce a la mujer, en el nuevo orden
constitucional.
La casa de los viejos
se resiste a desaparecer, a perder sus ilegítimos cimientos
fundacionales. La ciudadanía, sobretodo las mujeres y los jóvenes tienen
un rol determinante, su voto será definitorio, lo importante es que sea
reflexivo, inteligente e informado, sin temores por el cambio que es
propio de vida y de las sociedades democráticas. El resultado dirá si
tendremos algo que celebrar, o si seguiremos en la incertidumbre, los
rumores y las consignas atosigantes.