La “casa de todos”: un acuerdo imposible

Se
suele decir que la Constitución debe ser “la casa de todos” para aludir
a un texto con el que cada uno de nosotros nos podamos sentir
identificados. Dado que la unanimidad es un imposible para cualquier
texto constitucional, el proceso debiese albergar mínimos comunes,
partiendo por la premisa que subyace a cualquier democracia occidental,
como lo es que los conflictos políticos se resuelven en las urnas y no a
palos en la calle.

Sin embargo, la adhesión de cierta izquierda a este mínimo político es cuestionable, lo que se expresa de forma habitual.

Por
ejemplo, cuesta entender la reacción de dicho sector frente a los
atentados que sacudieron Israel. De hecho, resulta vergonzoso que no
haya existido una condena oportuna, categórica y sin matices del
gobierno chileno respecto a la masacre ocurrida a manos del grupo
terrorista Hamás, que ya carga a su cuenta 1200 israelíes asesinados,
mujeres violadas, bebés degollados y ejecuciones de familias completas.
En la nueva izquierda son duros con las violaciones a los Derechos
Humanos de gobiernos de derecha y blanditos con los de izquierda. Y dado
que Hamás, movimiento fundamentalista islámico, difícilmente puede ser
calificado como de izquierda, lo único que parece explicar la
“solidaridad” con este grupo terrorista es una romantización adolescente
de la violencia como vía para resolver los conflictos políticos, visión
totalmente incompatible con la democracia.

Para
peor, esta actitud adolescente derivada en condescendencia política es
la misma que la izquierda radical aplica a los grupos terroristas en la
Araucanía, ratificando la preferencia de arreglar con los palos lo que
no se puede lograr en las urnas. Pero si un ciudadano quiere defender su
casa o campo de una toma se transforma automáticamente en un fascista,
por lo que además la violencia vale solo para un lado.

Y
esto nos hace volver a octubre de 2019, donde muchos políticos que hoy
ocupan asientos en el gobierno avalaron la violencia insurreccional. Y
de esa postura no se han movido ni un centímetro. La memoria es corta,
pero no tanto. Recordemos que desde la izquierda se promovió la amnistía
de los “presos de la revuelta”. Luego, una vez en el gobierno,
indultaron a varios de los pocos que terminaron en la cárcel por delitos
graves, entre ellos al sindicado como el responsable de que la PDI
Danitza Araya quedara en silla de ruedas. No solo eso, sino que a más de
400 personas se les han otorgado pensiones de gracia vitalicias por
sufrir distintos tipos de lesiones en el contexto del estallido,
incluyendo a personas que presentaron lesiones leves y otras que tenían
antecedentes penales. Todo esto sin que las lesiones hayan sido
fehacientemente acreditadas.

En
este contexto, cabe preguntarse a qué se refieren realmente cuando, en
el contexto del debate constitucional, hablan de una “constitución
habilitante”. Esto, teniendo en cuenta que el principal objetivo de una
constitución es organizar y limitar el poder político para contener
sus
excesos. De hecho, limitar el poder del gobierno es el fundamento mismo
de derechos y libertades constitucionales, incluidos los DD.HH.. Lo
propio ocurre con los mecanismos institucionales que impiden a los
gobernantes “arrancarse con los tarros”, y que cuando están ausentes
–tarde o temprano– transforman a cualquier país en dictadura. Dicen
buscar que las decisiones queden al juego democrático en el Congreso,
pero ven con admiración las constituciones de Bolivia y Venezuela, así
como el borrador de la Convención, que contienen elementos que debilitan
todos los dispositivos institucionales que permiten contener el poder
político evitando arranques totalitarios. Todo esto va usualmente de la
mano del establecimiento de modelos económicos fracasados que
inevitablemente condenan a los países a la miseria.

En
definitiva, es momento de preguntarse si la nueva izquierda realmente
quiere una constitución democrática o solo una hecha a su pinta, vale
decir, la de la Convención. Por lo mismo, quizás la Constitución no deba
ser pensada como la “casa de todos”, sino un lugar con las puertas lo
suficientemente anchas para que entren los demócratas.

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