Ronda una idea en la que
la clase política casi siempre se empantana. La idea tiene que ver con
la creencia -errónea a nuestro juicio- de que la gente cuando vota por
un gobierno, incluso más allá del tamaño de sus mayorías, da un cheque
en blanco para la ejecución de un programa de gobierno único, monolítico
y excluyente, un mandato al gobierno electo para implementar su
programa casi a cualquier costo, cuando en realidad son muy pocos los
que siquiera leyeron el programa, menos adherir a una ideología o a una
línea política exclusiva. Sin embargo, los vencedores se atribuyen el
triunfo completo, no sólo el de sus circunstanciales mayorías
parlamentarias ni la elección a veces sorpresiva de un presidente, sino
-al parecer- también la voluntad del pueblo en pos de los conceptos
planteados en campaña.
Con
la experiencia adquirida desde hace casi 20 años en relación a una
supuesta inestabilidad ideológica de nuestra base ciudadana votante, que
veleidosa en sus preferencias electorales, intercambió gobiernos como
se cambia de marca de detergente, una vez con Bachelet y otra con Piñera
con asombrosa facilidad, o el amplio triunfo en primera vuelta de la
derecha más dura mientras que un par de semanas después, ya en segunda,
el electorado revierte el resultado hacia una izquierda que se jactaba
de ser refundacional, asociada a sectores partidarios de ideas tan
trasnochadas como muchos de sus viejos dirigentes políticos, por nombrar
dos rápidos ejemplos. Debiera ser hora que nuestra clase política deje
de una vez de creer que los triunfos electorales se deben a la
preferencia de la ciudadanía por sus programas, como si éstos estuvieran
repletos de ideas estanco, como decíamos antes, excluyentes de otras,
como soluciones sacrosantas.
Parte
de esta lógica explica el fracaso del primer proceso constituyente, por
ello la necesidad de incorporar en el balotaje de 2022 la sensibilidad
del “socialismo democrático” al gobierno del Presidente Boric, con el
eventual malestar que eso pudo significar para sus aliados allende la
centroizquierda, que ven cómo su programa popular se desvanece ante la
realidad de los hechos políticos, pero también, de la evidencia prístina
de los propios hechos sociales.
Todo
lo anterior hace difícil gobernar, ¿qué en realidad quiere el
electorado, qué representan los movimientos sociales, las marchas, qué
dicen verdaderamente los cambiantes resultados de las votaciones en
nuestro país de un tiempo a esta parte?
Por
eso se hacen complejas las definiciones políticas, la dificultad de
construir programas de gobierno coherentes ¿cuánto preservar de cada
proyecto cuánto ceder? No son pocos los que prefieren atrincherarse en
la idea de volver sobre los mismos eslóganes de campaña o aquellos que
en cambio insisten negar la sal y el agua a los adversarios o desprecian
el diálogo y el acuerdo como mecanismo formidable para abordar las
demandas ciudadanas que de tan genuinas y honestas, para los dogmáticos a
veces parecen contradictorias.