La confusión de Chile Vamos

Durante
las últimas semanas se han sostenido diversas negociaciones entre los
partidos de Gobierno y Chile Vamos (“ChV”) para fijar una hoja de ruta
que permita continuar con el proceso constituyente. Como es obvio, el
triunfo del rechazo tuvo consecuencias políticas de lado y lado.
Previsiblemente, el resultado golpeó fuertemente al Gobierno, que se
jugó todas sus fichas por el apruebo. Pero lo más llamativo es lo que
ocurre en ChV, donde reina una visible confusión acerca de cómo
continuar con el proceso.

A
este respecto, dirigentes de ChV se han manifestado a favor de que la
Constitución sea escrita -otra vez- por una convención 100% electa, lo
que no fue descartado en las declaraciones de esta semana. Esto, que a
la luz de la experiencia del resultado de la primera convención
pareciera ser un error, deja entrever los varios niveles de confusión
que existen en este sector de la derecha.

Una
primera confusión es de carácter ideológico conceptual. Desde el
Gobierno, y en general desde la izquierda, se logró instalar la
peregrina idea de que una convención es la única forma de redactar una
Constitución y que su legitimidad depende de ella, idea a la que ChV
parece haber adscrito sin dudar. Sin embargo, ninguno de estos dos
supuestos se sostiene en los hechos. En primer lugar, las Asambleas
Constituyentes no son ni el único mecanismo para escribir una
constitución ni tampoco el más utilizado en el mundo. Según datos
recopilados por un informe del PNUD, ONU (2015), entre 1947-2015 solo el
26% de los cambios constitucionales a nivel mundial fueron hechos por
una Asamblea Constituyente, lo que aumenta en el mismo periodo a 46%
cuando se trata de Latinoamérica. Por otro lado, tampoco es cierto que
una convención asegura la legitimidad de una Constitución. Es cuestión
de ver lo sucedido en septiembre con el rechazo. En ese sentido, desde
el punto de vista de la legitimidad, es mejor una constitución redactada
por un órgano distinto a una convención, pero que es aprobada por una
amplia mayoría en un plebiscito (digamos 80%), que aquella que es
redactada por una convención electa, pero que es aprobada estrechamente
(digamos 49% vs 51%).

ChV
también parece estar extraviado respecto a su posición en el escenario
político post plebiscito. Desde un punto jurídico, el proceso
constituyente se encuentra concluido. El artículo 142 de la actual
Constitución plantea claramente que: “Si la cuestión planteada al
electorado en el plebiscito ratificatorio fuere rechazada, continuará
vigente la presente Constitución”. Luego, un nuevo proceso requiere de
una modificación constitucional en el Congreso, vale decir, de los votos
de ChV. Estos son los hechos. Por tanto, la discusión respecto a si el
78% que apoyó una Convención Constitucional en el plebiscito de entrada
el 2020 sigue vigente después del horroroso desempeño de ese órgano
queda para la especulación de académicos y las discusiones de sobremesa.
Se podría decir, entonces, que ChV tiene la llave del proceso
constituyente, dándole una muy buena posición negociadora.

Finalmente,
en ChV también reina una especie de confusión política, ya que no es
claro que el apoyo a una nueva convención totalmente electa esté en
sintonía con las preferencias de sus militantes. Entonces ¿A qué
electorado le está hablando ChV? Esta pregunta tiene relevancia en un
escenario altamente competitivo dentro de la misma derecha, donde ChV
arriesga una fuga de militantes hacia partidos que se han mostrado
contrarios a una nueva Convención como son Republicanos y el PDG. Por
otro lado, parecen demasiadas concesiones para apuntar a un centro que
le ha sido esquivo y que probablemente lograrán capitalizar grupos como
“Los Amarillos”.

En
definitiva, al coquetear con una nueva convención electa, ChV está
haciendo suya la cuestionable idea, tradicionalmente de izquierda, de
que el proceso importa más que el resultado. Y al hacerlo, está
comprometiendo no solamente su identidad, sino que su futuro político,
lo que parece demasiado para un conglomerado que tiene la llave del
proceso constituyente. En este contexto, lo razonable sería que ChV
entregara la actual Constitución a cambio del proceso, pero no ambas
cosas. Esto no dejaría muy contento a nadie, pero posiblemente nos
acercaría a una nueva y buena Constitución.

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