El
país está experimentando todo lo que ya advirtieron los partidarios del
rechazo al cambio constitucional y también aquellos que condenaron
desde su génesis este proceso forjado por la violencia, el
amedrentamiento y la destrucción.
No
es novedad ver hoy que, la convención no esté trabajando bajo los
márgenes y atribuciones entregadas previamente bajo el pacto de
rendición llamado “acuerdo por la paz y la nueva constitución”, tampoco
es de sorprender el trabajo sistemático de una gran parte de
constituyentes en la aniquilación de los símbolos patrios, la lengua
oficial castellana, buscando el establecimiento de una seguidilla de
antecedentes que avizoran una tiranía. Silenciar opiniones diferentes,
votar un sinnúmero de veces hasta que sea escogida la alternativa de los
déspotas, desarrollar prácticas no transparentes para guardar bajo la
alfombra propuestas distintas a los sostenedores de la tiranía, son
prácticas que se han venido llevando a cabo en las universidades del
país hace al menos dos décadas. Ahora, los hijos y sostenedores de
dichas prácticas son los encargados de edificar una nueva constitución.
Las
señales son muy palmarias para que sigan sobre estimando las
atribuciones de dicha convención. En primer lugar, alargar el proceso,
así empalmar y poner en tensión al nuevo presidente del país junto con
el nuevo congreso que será electo en noviembre, recordemos que en la
convención podrán modificar cómo se componen todos los demás poderes y
eso, lógicamente, supone riesgos al sistema democrático y al Estado
unitario que ha evolucionado como parte de nuestra tradición
republicana. Aquí, el problema de fondo es que gran parte de los
convencionales cree en la tiranía de las mayorías, y sostiene que la
democratización radical es el paso para el establecimiento de “lo
nuevo”, no es casualidad que el podemita versión chilena, Gabriel Boric,
se haya puesto a disposición de la presidenta de la convención, quien
sería uno de los engranajes importantes para la conducción y guía del
proceso de deconstrucción nacional. Y en esto, los sostenedores de la
tiranía no tienen un modelo predeterminado para hacerlo comparable, ni
Cuba, ni Venezuela, ni Corea del Norte son sus modelos, ni nada de lo
actual, aquí se sigue construyendo y deconstruyendo lo edificado para
llevar hacia “lo nuevo”, conformado por partidos, colectivos,
disidencias, grupos de choque, manipulación del lenguaje y la
radicalidad cubierta de pomposos anuncios democráticos.
El
límite al poder es una tradición de muy antaño, la misma Declaración de
la Independencia de los Estados Unidos de América parte reconociendo
que hay derechos inalienables en el ser humano y que ellos están dados
antes de siquiera la existencia del Estado, es por ello por lo que el
rol del Estado primeramente reconocer dichos derechos inalienables como
son: vida, libertad y la propiedad.
Es
por lo anterior, que las personas tendrán que reflexionar seriamente si
quieren tiranía o libertad. No vaya a ser que la tiranía termine por
seleccionar un nuevo engranaje del proceso para avanzar hacia su
consolidación y tengamos que decir adiós al otrora país más libre de
Latinoamérica, un país que alguna vez se llamó Chile.