Cuando
el 15 de noviembre de 2019 se firmó el acuerdo “por la paz y una nueva
constitución” probablemente nadie preveía lo que vendría. Luego, en el
marco del plebiscito por una nueva carta fundamental, el 25 de octubre
de 2020 se realizó la elección donde las opciones “Apruebo” (78,27%) y
“Convención Constitucional” (78,99%) lograron mayorías abrumadoras por
sobre el “Rechazo” (21,73%) y la opción de “Convención Mixta” (21,01%).
No cabe duda de que las expectativas eran muy altas. Por primera vez, y
desde el retorno a la democracia, las chilenas y chilenos tendrían la
opción de participar activamente en la redacción de una nueva
constitución. Un anhelo que por años estuvo contenido y donde lo
llamativo es que el proceso, que surgió además tras el estallido social
del 18 de octubre de 2019, iniciara formalmente en un gobierno de
Derecha. En este escenario no fueron pocos los sectores y voces cuyo
denominador común fue “la renovación de la política”: nuevas historias,
nuevos personajes, nuevos protagonistas. Lo que no sabíamos, o quizás
intuíamos, es que toda esta maravilla pintada de colores prístinos se
estaba fraguando en Chile. Y si hay algo que, lamentablemente,
caracteriza a este país es que todo aquello que se puede hacer bien,
porque están las condiciones y recursos para ello, se termina haciendo a
medias o mal. Y el tema no es que las instituciones o las estructuras
sean malas: el problema de fondo está, generalmente, en quienes
participan, conforman y diseñan las reglas del juego. En términos simples:
el problema no son las entidades, sino las personas que lo integran.
Ejemplos de esto en Chile hay muchos, a saber: El Congreso, como tal, es
un edificio inherte de infraestructura imponente, pero quienes legislan
son Diputados y Senadores. El gobierno de turno, que encabeza el
Estado, es una entidad de poder ejercida (mediante cargos y puestos de
poder) por personas. Y así podríamos seguir hilvanando un sinnúmero de
casos, tanto en el ámbito público como privado, de ejemplos varios. Por
lo tanto, y bajo este antecedente considerando además quienes fueron
electos en los escaños de convencionales constituyentes: ¿era realmente
esperable tener expectativas favorables en algo tan relevante como una
nueva carta fundamental? En alguna ocasión el destacado comediante Coco
Legran expresó en una de sus presentaciones que “el no podría haber
desarrollado y ejercido el oficio de comediante – humorista en ningún
otro país que no fuera Chile”. Y bastante razón tiene. A la fecha todo
lo ocurrido más bien nos remonta a una sitcom (o comedia de
situaciones), un producto televisivo para ver cuando no tienes nada que
ver. Y es por esto que quizás la mayoría tienen tanto éxito: porque son
productos televisivos sin demasiadas pretensiones, que duran poco y que
nos sacan más de una sonrisa por el absurdo de las situaciones. En las
sitcom los protagonistas se esmeran, todas las semanas, en sorprender a
su audiencia con cuestiones atípicas, irrisorias, desconectadas de la
realidad y que a la postre nos terminan generando sonrisas irónicas ante
la incredulidad y estupefacción ciudadana: convencionales que llegan
vestidos de dinosaurios o animé a sesionar, otros quejándose que están
pasando hambre, que no tienen aire acondicionado, que gastan demasiado
en traslados, que
no cuentan con banda ancha de internet, que se requieren televisores
con TV cable, solicitando permanentes aumentos en sus asignaciones, etc.
Incluso, recientemente, actos fraudulentos y donde se descubren
“verdades ocultas” de sus protagonistas que tensionan la sitcom con
giros radicales en un guion que está lejos de terminar y que, de seguro,
nos seguirá (para mal) sorprendiendo.