Es
un hecho que la demagogia está instalada en Chile. La ventilada
abstinencia sexual entre Pamela Jiles y su pareja es solo un ejemplo
explícito de los niveles vulgares a los que está llegando el debate
público chileno. Aunque la explicación del señor Maltes, para indicar
que no existía nepotismo entre él y la diputada, fue mala y burda,
increíblemente fue objeto de discusión de programas de televisión en
diverso horario. Un interés que podría enfocarse con mayor ahínco en los
nexos entre narcotraficantes y políticos o en la corrupción a nivel del
ejército. Pero ya sabemos que para que se hable de esto último, un
bufón de la corte debe poner el tema sobre el tapete primero.
Aristóteles
decía que las democracias decaen por causa de los demagogos, que surgen
ahí donde las leyes no son soberanas. En Chile nadie respeta las leyes
en sentido estricto desde hace rato. Adriana Muñoz, otrora presidenta
del Senado tiempo atrás dijo que “prefería cometer un sacrilegio contra
la constitución” pues la humanidad era mucho más fuerte que si un
proyecto era o no admisible en términos constitucionales. Peligrosa
afirmación, más oligárquica que democrática, que deja la puerta abierta a
que cada legislador busque imponer aquello que siente como humanitario.
Nefasta distorsión del derecho además. Luego nos sorprendemos de que
una candidata a constituyente, Yuyunis Navas, diga con total desparpajo
que “ella siente” que fue China la creadora del Covid. Así, no faltarán
los constituyentes que quieran darle derechos a la Pachamama porque lo
sienten así, mal que mal una parte importante de la izquierda,
supuestamente progresista, no solo apela a criterios medievales como la
prueba diabólica que exigen algunas feministas, sino que se traga las
teorías conspirativas más descabelladas respecto a vacunas,
transgénicos, la Coca Cola, al más puro estilo Salfate, tal como lo
describe el periodista mexicano Mauricio Schwarz en su libro La
izquierda Feng Shui. Mientras tanto, los mismos alimentan con su
ignorancia el negocio de los alimentos sin gluten.
No
es raro que en un contexto de este tipo, donde además todos se creen
muy especiales debido a una crianza sobreprotectora y a la vez carente
de autoridad, surjan los que les hablan a sus nietitos. Porque el
demagogo, como buen adulador, apela a las pasiones, las bajas sobre
todo. La envidia, el odio, la rabia, el narcicismo y el infantilismo. Es
en el fondo un promotor de lo que Ortega y Gasset llamaba plebeyismo,
que se traduce por ejemplo en que todos, de un día para otro, son
epidemiólogos. Entonces, opinan sobre el origen de un virus como si
fueran expertos virólogos. Así, el demagogo convierte a la democracia en
una especie de fe ciega, donde solo importa el fervor. Entonces,
cualquier estupidez y extravagancia se puede promover en nombre de la
democracia.
No
es raro que hoy muchos crean de forma absurda que el bienestar material
se produce por simple decreto, con consignarlo en una nueva
constitución. Claro, quizás recuerdan a Chávez que decretó subir los
sueldos mínimos en un 30% y bueno, hoy Maduro agrega y saca ceros según
su estado de ánimo. Mientras, los venezolanos siguen escapando del
bienestar prometido por el socialismo del siglo XXI. Estamos así ante un
fanatismo que prescinde de las reglas, de los frenos y también de las
razones. Porque cualquier discrepancia, cualquier duda, por mínima que
sea, se considera antidemocrática. Por eso el asambleísmo nunca ha sido
democrático y nunca lo será.
Días
atrás, el académico de Harvard y autor del libro su libro Cómo mueren
las democracias, Steven Levitsky, advertía en una entrevista que
actualmente las amenazas a la democracia provienen de actores que
utilizan los mecanismos democráticos, produciendo daño mediante un lento
proceso de descomposición. En eso estamos en Chile. Más importante,
plantea que ahí donde los estados son débiles, es decir, donde los
marcos institucionales están debilitados, el daño es más probable y
mayor. Para el caso de Chile, plantea que el riesgo yace en la
fragmentación política (¿Cuántos candidatos presidenciales hay hasta
ahora?) y la polarización. Ambos elementos son nefastos contra cualquier
institucionalidad democrática. Lo sabemos por experiencia, pero pocos
recuerdan o conocen la carta de Tomic a Prats.
El
periodista Will Grant, quien acaba de lanzar en libro titulado
Populista, plantea que en Latinoamérica surgió una forma de hacer
política con fuerte componente populista, marcado por el auge de
personajes como Hugo Chávez o Donald Trump. Esa forma no ha sido
erradicada de la política latinoamericana. También está presente en
Chile. Basta mirar alrededor y considerar lo que Steven Levitsky
advierte: aquellos que desdeñan de las reglas democráticas; que denigran
a sus rivales (como lo hizo Pamela Jiles e incluso Diego Schalper); que
promueven la violencia de forma sutil (como la diputada frenteamplista
Catalina Pérez o varios comunistas apelando a la violencia sistémica); y
que atacan a la prensa (incluso un presidente que llama al dueño de un
medio), no son de fiar.