Paciencia.
Poca paciencia. La poca paciencia o derechamente la impaciencia
pareciera estar a la base de intentos de explicarnos la preferencia por
lo inmediato, aquello que no requiere creación paciente, aquello que no
demanda formación o preparación secuenciada, aquello que no exige
cultivo, estudio o desarrollo.
Se
opta, con esencial apoyo de la tecnología, por aquello que otorga goce
inmediato. La laboriosidad, aquello concatenado, paso a paso, que toma
tiempo, bastante quizás, ya se ha abandonado. Lo manufacturado ha
cedido. Ya casi se desprecia.
Antes
si algo se rompía, se buscaba pacientemente el modo de reponerlo,
repararlo, que volviera a cumplir su misma función. No faltaba el
maestro chasquilla que buscaba y buscaba la solución. Qué decir de
pantalones con alguna rotura, si era menor, se zurcía (¿qué es eso?), o
se parchaba dignamente; lo mismo ocurría con los calcetines, ¿qué?, ¡se
zurcían pues!; las camisas, si se gastaban los cuellos o los puños, se
intentaba con paciencia china virarlos. En otro orden de cosas, en Lebu,
en los años cincuenta, poco después de las seis de la tarde, hora a la
que llegaba el tren de Los Sauces, y antes, de Renaico, y antes desde
Concepción y otros puntos de conexión, recién llegaban los diarios, que
El Sur, El Diario Ilustrado, El Mercurio, Clarín, El Siglo y revistas
Margarita, Rosita, Confidencias, El Topaze, por mencionar algunos. ¿Qué
sucedía? Don Domingo Olave, propietario de la librería, desanudaba
paquete por paquete, arrollaba los cáñamos, desplegaba los papeles que
envolvían los diarios y revistas uno a uno, los doblaba de manera
ordenada, apartaba los ejemplares de suscriptores, y recién atendía los
pedidos de quienes queríamos obtener un diario o revista. ¡Paciencia,
señor, paciencia! O tempora, o mores! Otro tiempo, otras costumbres.
Hoy, eso, es impensado. Son otros los modos, son otros los ciclos.
Todo,
mucho, es preparado, precocido, o cocido ya, y sucedáneo, si no. No hay
tiempo, es la excusa, no hay tiempo. Hay que trabajar, hay que volver a
trabajar.
¿Cómo
se hacía antes en las oficinas? Hoy, los resultados priman, las metas
importan, siempre más, y ello obliga a las prisas, a atender los
procesos, a privilegiar la optimización del tiempo. Ello, en desmedro de
la interacción, de la comunicación, la comunicación efectiva, y
afectiva. El trato entre compañeros, entre amigos, disminuye en tiempo y
como efecto se produce un distanciamiento, dando paso a la
ocasionalidad o a lo accidental, afectando la calidad, si no la calidez.
Otro efecto es, aditamento, el aislamiento, la soledad, el
individualismo, que, en sí, no son malos efectos, solo que si se trata
de una práctica inveterada sí evidencia marcas o resultados negativos.
No lo duden, son mejores los resultados de equipo, de grupo, de familia.
La
irrupción de la tecnología evidentemente ha marcado la frontera de un
antes y un después en la inmediatez. Aunque quizás no seamos conscientes
de esta consecuencia, muchos nos hacen sentir que lo queremos todo y lo
queremos ¡ya! Las cosas bien hechas sí se sienten como logradas, por su
laboriosidad, por su concatenación, por la dedicación que les
otorgamos.
La
sociedad padece un mal, y no nos damos cuenta de ello, padecemos una
adicción al cortoplacismo, al ahora, y el no conseguir resultados, o
resultados que queremos, nos llena de insatisfacción.
Raya para la suma, añadan paciencia a la vida, algo de placidez, de sosiego, también. ¡Sosiéguense, les dicen!