La decadencia del ser humano

“El
hombre no termina nunca de aprender de sus vivencias” es una frase que
cobra pleno sentido en estos días luego de que, a pesar de todas las
tragedias que afectan a nuestro planeta, tenemos que lidiar con un
estresante y doloroso escenario bélico.

Vivimos
bajo la amenaza del cambio climático que derrite los hielos de los
polos y particularmente de nuestro cercano Continente Antártico, que
debería ser una reflexión permanente de lo que significa habitar esto
que llamamos Tierra. Se observa con cuidado y, gracias a las redes
sociales, pareciera que hubiera más conciencia sobre el daño que se
provoca al sistema y las huellas que dejarán en nuestra existencia y las
de los que nos seguirán.

No
contento con ello, y luego del término de la Guerra Fría, los Estados
de las cinco grandes potencias zonales se han preocupado de sus propios y
legítimos intereses y con ello ha proliferado un sistema de desigualdad
que nunca antes se había vivido y que ha llevado a muchos a ser más
desvalidos de lo que fueron sus ancestros. Ellos en caso de hambre
podían salir a cazar y recolectar lo necesario para sobrevivir.

Hoy,
con la invención de los Estados autónomos, con el poder de la prensa y
de las armas hemos transformado en intolerantes a quienes deben
gobernarnos, y vivimos severos y profundos efectos de la codicia que
lleva a la corrupción y a la sustentación del bienestar de muy pocos que
no tienen compasión sobre los demás, como se vio en el paso de un
tanque por sobre un automóvil en la actual crisis ucraniana.

La
vanidad de aquellos que se quieren sentir poderosos y a quienes les
rinden una pleitesía enfermiza como en Norcorea, la influencia
genkiskanezca de la China, el abandono milenario de África, las guerras
étnicas tanto en su territorio como en Siria o en los Balcanes, es la
receta más eficiente para nuestra autodestrucción. La discriminación que
seduce a las personas para considerarse distintos, superiores y únicos
seres con legitimidad para poblar el planeta es la salsa que cubre
nuestra menguada realidad.

Una
vez más vemos millones de personas desplazadas por un apetito de poder
sin límites, donde no importa quien haya tirado la primera piedra o
inventado la pólvora, sino la inconsistencia de aquellos que dicen
querer lo mejor para sus ciudadanos y no trepidan en blindar sus
posiciones para vencer como si del juego “War” se tratare.

Igual
que hace casi 100 años, se están poniendo las piezas en el tablero de
ajedrez de la diplomacia coartada, donde hay unos que por tradición
saben jugar mejor que muchos y que podrían poner en jaque el orden
mundial como otro quiso hacerlo en su momento. Si la estrategia estuvo
planificada por decenios mientras los demás disfrutaban de las bondades
de la vida relajada e intensa, entonces ya hemos perdido, pues carecemos
de la capacidad de levantar nuestras voces para reclamarlo y la
intensidad de nuestros inoportunos gritos se han difuminado en medio del
bullicio de los demás que piden con justicia otras cosas diferentes y
urgentes.

¿Dónde
están los líderes morales que deberían llamar a sosegar? No están
porque los hemos acallado, denostado y desprestigiado y porque el hombre
aprendió a vivir mirándose a sí mismo, preocupándose solo por ostentar
sus ropajes y bienes más que por la búsqueda de seriedad en sus
pensamientos más profundos. Hoy se vive como zombies, embobados en la
pantalla de un celular, sin una clara y adecuada conducción de un
liderazgo moral y efectivo. Hasta las hormigas, de quienes podríamos
aprender mucho, saben cómo subsistir en medio de cualquier situación de
caos y cada uno de los integrantes de una colonia sabe exactamente cuál
es su papel en ella. La desidia por observar (que es distinto a solo
mirar), el egoísmo que profesamos para cuidar nuestros efímeros bienes y
la falta de empatía para entender y asumir como propio el sufrimiento
ajeno es lo que nos ha puesto en una posición tan desacomodada como en
la que nos encontramos.

Al
final, el mundo no era tan grande como imaginamos y el conflicto lo
tenemos allí, en una pantalla, a tiro de un misil de nuestra área de
confort.

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