Desde
hace décadas que diversos analistas y personeros políticos, respecto al
sector, viene pidiendo una cosa en común: la renovación de la derecha.
Sin embargo, uno de los grandes problemas de ésta sigue siendo la
inconsecuencia e inconsistencia entre lo que predican y practican.
Sin
ir más lejos, la izquierda le ha propinado una serie de derrotas
electorales a Chile Vamos siendo, quizás la más sentida, la derrota en
la elección presidencial donde su principal carta (Sebastián Sichel) no
sólo fue incapaz de alinear, liderar y ordenar al sector, sino que
además se lo ha llevado en una cantinela de llantos y pataletas varias
que sólo retratan su inmadurez. Posteriormente, en el balotaje, la
derecha se vio acorralada teniendo que apoyar (a regañadientes) al
conservador José Antonio Kast quien más allá del eje orden y seguridad
no era mucho más lo que tenía por ofrecer.
La
lógica diría que la derecha, o centro derecha si lo prefiere, sería
capaz de vivir su duelo, sus derrotas, pero en paralelo reflexionar en
torno a qué hicieron mal, como se sobreponen, que lecciones aprendieron,
cómo deben pararse frente al país y sociedad que estamos viviendo y ser
una alternativa de alternancia del poder, con buenas propuestas, para
las chilenas y chilenos.
Pero,
¿Qué hace la Derecha? Se entreveran en una serie de dimes y diretes, de
cruces verbales entre unos y otros liderazgos, marcados por los egos y
ansias de figuración. Se enfrascan en disputas que sólo les importan a
ellos y siguen mirándose el ombligo, sin levantar la mirada ni entender
que gran parte del trabajo y quehacer político se vive en los
territorios, con las personas, con las comunidades: escuchando,
conversando, viviendo, respirando y sintiendo el país al cual aspiran
liderar. Sabido es que la derecha chilena nunca ha sido muy unida, al
punto que mientras más oligárquica sea, más desordenada (o despelotada)
termina siendo,
casi como que fueran peleas de gallos más que discusiones intelectuales
que denoten no sólo la construcción de un relato común, inherente a la
diversidad de posiciones del sector, que les permita aunar criterios y
puntos de vista comunes para lograr 4 conceptos esquivos, pero altamente
valorados por la ciudadanía, como son la consistencia, consecuencia,
confianza y credibilidad.
En
tiempos donde Chile Vamos volverá a ser oposición es evidente que el
sector requiere con urgencia una renovación política e ideológica,
además de liderazgos buenos, receptivos, que entiendan el país en que
vivimos. Deberán terminar con la victimización y reencausar sus
esfuerzos hacia una rearticulación, si es que quieren alguna vez volver
al poder, que apunte a construir mayorías que vayan más allá de lo
circunstancial. A dialogar con quienes piensan distinto y acercar
posiciones en la interna. Pero muy especialmente: entender el país que
viven, las personas que lo construyen día a día. Entender que la
diversidad (geográfica, étnica, sexual, productiva, social, religiosa,
cultural, etc) no es mala, sino que representa una serie de
oportunidades para el desarrollo, avance y progreso. ¡Quien sino éstos
(derecha) saben de progreso, desarrollo y libertad!
Por
eso cuesta entender que este sector político y social se conforme con
ser vagón de cola, con ser oposición y no tener las agallas de disputar
el poder con convicción. Si la derecha sigue sin entender esto estarán
condenados no sólo a la intrascendencia, sino a ser comparsa de una izquierda que no trepidará en aferrarse al poder por el máximo de años posibles.