La economía y sus cuentos

Alexis
de Tocqueville, en su célebre libro Democracia en América, señala que
“una idea falsa, pero clara y precisa, tendrá más poder en el mundo que
una idea verdadera y compleja”. Esta frase, que fue acuñada en el siglo
XIX, ha ido ganado crédito en una sociedad cada vez más compleja.
Mientras más complicado el problema, más fácil es que narrativas
sencillas (pero no necesariamente ciertas) se apoderen del discurso
público. Un ejemplo esto es lo que ocurre en materia económica, donde se
han instalado una serie de relatos sencillos de dudosa veracidad.

Uno
de ellos tiene que ver con la historia económica de nuestro país.
Existe una narrativa que enfatiza que la elite empresarial sería
culpable del defi
ciente
desarrollo económico de nuestro país al haberse conformado con las
rentas del capital (por eso serían “rentistas”) en vez de invertirlas en
capital de riesgo como lo habrían hecho sus pares europeos (ver, por
ejemplo, la pasada columna de Daniel Matamala en La Tercera). Entonces,
habría algo psicológico/espiritual en el empresariado nacional que lo
diferenciaría de los emprendedores europeos. Sin embargo, esta tesis,
que no es otra cosa que una variación de la absurda creencia de que “es
la raza la mala”, invisibiliza algunos elementos estructurales de la
economía chilena que sí son relevantes para el diagnóstico del problema y
sus soluciones. Entre ellos, destaca la lejanía geográfica de nuestro
país respecto de los grandes polos de desarrollo (y de consumidores), lo
que encarece notablemente el precio de los productos chilenos en el
exterior por concepto de transporte. Por otro lado, el mercado chileno
es pequeño (pocos consumidores), lo que dificulta la expansión de
industrias donde no existen ventajas comparativas. Adicionalmente,
existe dificultad de acceder a otros mercados ya que los productos
chilenos son “castigados” con altos aranceles de importación. Seguro
existen más razones de por qué Chile no logra competir en las grandes
ligas, pero estas últimas son menos esotéricas que la primera.

A
esta narrativa se suma la noción de que la economía chilena sería poco
compleja (“Chile produce solo cobre”). Sin embargo, esta idea no es
completamente cierta y se encuentra amparada en un equívoco, que es
asimilar la complejidad económica con las exportaciones. Si uno analiza
los productos exportados por Chile, no cabe duda de que el cobre es
predominante. Pero, según ha aclarado el creador del concepto de
complejidad económica, Cesar Hidalgo, en una columna de CIPER, la
medición de exportaciones se utiliza sólo porque es el sector donde hay
datos disponibles. Por lo mismo, usualmente estos índices dejan fuera
elementos como el sector de los servicios, donde Chile sí ha logrado un
desarrollo importante. Ejemplos de esto es la expansión mundial de
empresas como LAN (ahora LATAM), Falabella y Cencosud. A esto se suma
los recientes “unicornios” chilenos como Cornershop y NotCo, que tampoco
aparecen en los índices de complejidad económica.

El
problema es que cuando se tienen diagnósticos fáciles respecto de
problemas difíciles las probabilidades de errar en las soluciones
aumentan. Un ejemplo de esto pasa con el TPP-11. La ratificación de este
acuerdo, que busca abrir un mercado de 500 millones de consumidores
para los productos chilenos y que considera una rebaja sustancial de los
aranceles importación, ha sido permanentemente dilatada. Lo más curioso
es que el tratado pareciera perjudicar sólo a Chile, ya que países como
Australia, Canadá, México, Japón, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y
Vietnam ya lo han ratificado. De hecho, los únicos firmantes que aún no
lo ratifican, además de Chile, son Malasia y Brunei Darussalam. Esto,
mientras países como Reino Unido luchan por entrar.

Las
soluciones a problemas difíciles son usualmente complejas y requieren
de tiempo y trabajo. Así, tener reglas claras, instituciones sólidas,
estabilidad social, productividad y crecimiento económico, son algunos
de los elementos usualmente destacados como recetas de éxito. Pero
claro, no son tan “sexys” como las narrativas de los cuentacuentos de
turno.

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