Es complejo el tema cuando en un par de decenios, es decir en una generación, se dejaron de lado numerosos principios que, a muchos, nos inculcaron nuestros padres sobre la honestidad y los elementos múltiples que nacen de aquel concepto. El país como tal era inculto, sometido a un sistema de latifundismo donde unos dominaban, castigaban, abusaban o violaban a los demás y no había justicia, porque la noción de tal, era lejana, exclusivamente dirigida a los grupos de poder. Esto cambió de alguna manera con el Gobierno de Pedro Aguirre Cerda, donde hubo una revolución social para que los formadores tengan una base adecuada y sólida con la cual transmitir la información que atesoraban a sus alumnos. Había una competencia por crecer. Cuesta a los que tienen el control de las cosas, aceptar que deben ir dejándolo para que otros lo asuman. El temor a perder los privilegios ha hecho que en este país todo funcione lento, con largas e inoficiosas discusiones, posiciones donde nadie quiere claudicar por seguir la nota del partido, por el qué dirán, por perder credibilidad, etc. Hoy contamos con un Congreso donde hay muchos parlamentarios que van a hacer la pega, sin estudiar, sin profundizar en los temas que debieran conocer y dejan entregado a los más ladinos, a los estudiosos y a los asesores externos la forma en que han de votar en tal o cual proyecto. La voracidad de muchos de nuestros ciudadanos no tiene límites y solo es responsabilidad de la falta de educación. La característica exportable que tenemos es la condición de ladinos, de aprovechadores del momento de descuido, de la falta de control del erario, del lanzazo y de los delincuentes internacionales. Hay un continuo atropello de los derechos de los demás en todo aspecto, no sólo en el robo hormiga, o por sorpresa o en el gran desfalco, también en la generación de leyes en que se logra de manera “legítima”, lo que de otro modo no se podría. La mala educación de la última generación ha permitido elevar a categoría de ídolos a sujetos como Junior Play, Roth, Longthon, Ríos, la Kenita y un cuánto hay y parece que todo pasa a ser lo normal. Cada uno más irreverente y mal educado. Sí. Mal educado, pues no tienen respeto ni de sus personas, ni de la historia que representan. Creen, en muchos casos, que la osadía de la expresión sin anestesia es lo que vende, no importa dónde y a quien dañan. Y eso hace que se copie y se falte el respeto incluso a los propios padres.