La
elección que se viene este domingo determinará el devenir de nuestro
país y región. De alguna manera nos habíamos acostumbrado a que
quienquiera resultare electo, la vida continuaría más o menos igual,
sólo con algunos matices diferentes y eventualmente algunos nombres
distintos en determinados cargos; nos parecíamos mucho a las democracias
maduras del primer mundo y hasta llegamos a pensar que estábamos
próximos a convertirnos en parte de él.
Sin
embargo, el “estallido” y la pandemia nos hicieron ver que no estábamos
tan cerca de ese primer mundo; que si bien Chile había tenido un avance
espectacular en todos los indicadores sociales, con una disminución
notable de la pobreza y mejoras sustanciales en la calidad de vida de la
población, había todavía un Chile oculto bajo la alfombra, con un
resentimiento latente por estar quedándose fuera del desarrollo, o
sentirse explotado por el mismo; sumado a una creciente corrupción y
otros males ya endémicos, como el narcotráfico.
Así
entonces, las posturas entre las que nos vemos obligados a elegir no
sólo no son parecidas, sino que se plantean como bandos
irreconciliables: Por un lado se llama a una refundación del país,
renegando de lo bueno del pasado reciente y proponiendo un modelo que no
tiene muchos galardones que mostrar donde se ha aplicado; pero “suena
lindo” pues promete lo que cualquier persona de bien desea: igualdad,
inclusión, respeto, protección a la naturaleza, etc., con un Estado
omnipresente; mientras que por el otro lado se plantea volver a poner
orden, combatir la delincuencia, recuperar a institucionalidad y respeto
a la ley, y achicar el Estado; pero profundizar el modelo económico que
a pesar de sus éxitos no se ha hecho cargo del descontento social. Son
dos visiones que difícilmente pueden conversar, especialmente cuando en
la práctica se nos pide elegir entre utopía o pragmatismo. Querámoslo o
no, el resultado de la elección dividirá al país entre vencedores y
derrotados y eso nunca es bueno.
Por
eso, es importante ir a votar; a fin de cuentas, cualquiera sea el
candidato ganador, los simples mortales que no vivimos a expensas del
Estado o que no podemos irnos a otro país si no nos gusta el resultado,
tendremos que seguir
trabajando e intentando crear valor para nuestro bienestar familiar. La
mejor garantía de que podamos hacerlo es que el ganador de la elección
tenga el sustento de la legitimidad que da la mayoría de un porcentaje
relevante del padrón electoral, que represente efectivamente el sentir
del país y garantice la gobernabilidad; por eso el voto no debiese ser
un derecho sino una obligación, los ciudadanos debemos expresar qué es
lo que queremos para nuestro país; si alguno no tiene una opción clara
que lo represente es legítimo votar en blanco y eso también tiene peso;
pero no votar es quedarse al margen de la sociedad: después es sin
llorar.
En
lo personal, tengo decidido mi voto por quien creo es el menos malo,
porque partiendo de la base de que estoy seguro que ambos candidatos
quieren lo mejor para Chile, voy a votar por quien creo da mejores
garantías de respeto por la Libertad, que a fin de cuentas es lo único
que realmente es nuestro, privilegiando al individuo por sobre el
Estado. En un mundo donde con preocupación vemos que sutil pero
firmemente se avanza hacia el control
sobre las personas, no me parece una buena idea propiciar que el Estado
crezca, en desmedro del libre albedrío, aún bajo la excusa de la
búsqueda del bien común.