Ciertamente el 6% de aprobación a la figura presidencial fue un golpe duro para La Moneda. Porque aún cuando ese porcentual está por sobre el aún más escuálido 3% de nuestros congresistas lo cierto es que cuesta entender como un mandatario, que ganó holgadamente el balotaje presidencial de 2017, pasó a estos niveles de respaldo a su gestión. Cierto, el estallido social de octubre 2019 ha marcado un antes y un después para todas y todos pero, incluso antes del estallido, llamaba poderosamente la atención la incapacidad de Chile Vamos de afianzar y consolidar su posición ante una oposición inexistente, desdibujada e incapaz de generar una hoja de ruta que los volviera competitivos de cara a los comicios de 2020 y 2021. Sin embargo, y tras el estallido, apareció el oportunismo de la Nueva Mayoría, ese bloque caracterizado por su vocación de poder y de calle, para desestabilizar el mapa de navegación del oficialismo y dejarlo sumido en la incertidumbre. Quizás, a la fecha, son pocas las figuras rescatables y con proyección en el gabinete destacando, por ejemplo, los ministros Ignacio Briones y Sebastián Sichel. El otrora niño bonito de la centro derecha, Gonzalo Blumel, evidencia cansancio y pareciera no amoldarse a los requerimientos que exige la cartera de Interior. En tanto, la ex Intendenta de Santiago y actual vocera de gobierno, Karla Rubilar, ha tomado un perfil más institucional abandonando lo que siempre la ha caracterizado: su experiencia y cercanía con la calle.
En todo este escenario es llamativo cómo la coalición de gobierno se está farreando no sólo la posibilidad de un nuevo gobierno, sino también su trascendencia como espacio político. Autoridades que no dan el ancho, dimes y diretes varios al interior del conglomerado y más de una declaración desafortunada siguen generando mella mientras que, desde la vereda opositora, pareciera gustarles este clima de hostilidad y violencia instalando en la agenda pública un debate impensado en torno a una nueva constitución. Dicho sea, y de acuerdo a la última encuesta CEP, el tema no está ni siquiera dentro de las cinco prioridades de interés para las chilenas y chilenos. Entonces bien cabe preguntarse, ¿qué está esperando el Gobierno para salir de este letargo y recuperar el timón para el cual fueron electos?
Porque aún cuando gobernar no es una tarea sencilla el ethos inicial de este segundo mandato de Sebastián Piñera estuvo marcado por una política de acuerdos, de diálogo y consensos. Un estilo muy propio del ex presidente Aylwin a quien le tocó liderar el Chile post Dictadura con una de las transiciones democráticas más ejemplares a nivel mundial. Precisamente, lo que se exige de un gobernante, es su capacidad de generar buenos equipos, de incorporar al gobierno a las personas más competentes y orientar sus esfuerzos a mejorar el bienestar y calidad de vida de las personas. Si bien el golpe del estallido social fue un sismo del que aún estamos experimentando sus réplicas, lo cierto es que quedarnos sólo en este hecho en sí mismo, como forma de buscar excusas para la incapacidad de gestionar el poder político, pareciera a todas luces no sólo impresentable sino también un acto de cobardía. Porque aún cuando se han gestado avances en algunas materias lo cierto es que Chile está lejos de ser esa nación próspera y ejemplar que tan buenos dividendos generó, pero que no necesariamente fueron distribuidos con la equidad esperada. Pareciera que nuestro país estuviera a la deriva, perdiendo su competitividad y potencial de desarrollo. Lo bueno es que aún estamos a tiempo de enmendar el camino y restablecer el orden institucional pero, para que ello ocurra, no basta sólo con voluntad política sino que también se requiere carácter, temple y sagacidad política. En tanto, y mientras las chilenas esperamos que esto suceda, seguimos día a día observando cómo empeora nuestra calidad de vida, como aumenta el desempleo, como se estanca la economía y como la seguridad pasan a un segundo plano por culpa de unos pocos que, sin entender siquiera lo que están haciendo, mucho menos medir las consecuencias de sus acciones, mantienen las arengas de un idealismo dormido para el cual están siendo, por otras personas, instrumentalizados.