Los
planes del gobierno, con el apoyo de algunos gremios y de eruditos
académicos, se orientan a reducir la jornada laboral a 40 horas
semanales y luego incluir las 5 horas de colación dentro de las 40
horas. Se argumenta -solo con palabras- que aumentará la productividad.
Los alumnos cada vez estudian menos horas en Chile. Los profesores que
antes se perfeccionaban en el verano, cuando no hacían clases, ahora lo
hacen dentro de su jornada laboral y tienen 2 meses de vacaciones más
los feriados de invierno y de septiembre. Incluso los trabajadores que
no son docentes, pero que trabajan en instituciones educacionales, están
beneficiados de esa normativa. En las escuelas agrícolas, los
trabajadores de campo, también se acogen al horario de los profesores.
Cada día hay más feriados para los trabajadores y menos tareas para los
alumnos. Los dirigentes sindicales son premiados con horas libres y con
fuero. Con la pandemia se inició en Chile la modalidad de teletrabajo,
en que se “descubrió” que los trabajadores podían ser más eficientes
trabajando desde el hogar. Al disminuir la pandemia pocos quieren volver
a trabajar de manera presencial, aunque está probado que el trabajar en
equipo con jefes y subordinados al lado, tiene efectos irreemplazables
en el desarrollo laboral de los trabajadores. Al entrevistar jóvenes que
buscan trabajo, percibo que el sacrificio o la pasión por el trabajo ya
no es parte del ADN de la mayoría de ellos. Las mascotas, los viajes,
el celular, el carrete durante la semana y la posibilidad de trabajar
poco y ganar mucho, son los nuevos objetivos de gran parte de los
jóvenes. El amor a la patria, la historia de Chile, el amor a los padres
y abuelos y la generosidad, están siendo reemplazados por el egoísmo,
la indolencia y el inmediatismo. Formar una familia (no con perros) ya
no es prioridad. El Estado aparece como el gran proveedor de créditos
para la educación, aunque no se paguen nunca. Llama la atención en las
zonas rurales, la dificultad que muchos agricultores tienen para
encontrar administradores o camperos. Aunque la calidad de las casas en
el campo ha mejorado mucho, existen buenas comunicaciones y a los
estudiantes los recoge un furgón y tienen educación y alimentación
gratis, la mayoría de las familias prefiere vivir en la ciudad, aunque
sea hacinados. Muchas personas ocupan gran parte de su tiempo en
capacitarse para acceder a los beneficios del Estado. El gobierno se ha
transformado en una gran empresa generadora de beneficios sociales, por
supuesto, financiados con los impuestos pagados por los que trabajan y
producen. Entre inmigrantes -legales e ilegales- más los indígenas -legales e ilegales- ya hemos llegado
al 20% de la población que debe ser subsidiada por aproximadamente un
30% de la población, pues el otro 50% corresponde a niños y jóvenes que
no trabajan, más los adultos mayores. En consecuencia, cada día son
menos los que trabajan y más los que profitan de un sistema mal diseñado
con incentivos perversos y promotor de la flojera. Cómo
los que dirigen el país son los políticos, que se han auto aumentado
sus sueldos, que además aprueban las leyes de reducción de jornada y que
además avalaron y silencian hasta hoy escándalos como el de los miles
de exonerados falsos, el futuro no se ve promisorio. Basta verificar los
salarios de los miembros del actual gobierno de Boric, quienes ganan
sueldos dos o tres o cuatro veces mayores que los que ganarían en el
sector privado. Muchos son jóvenes sin preparación para el cargo que
ejercen. Lo triste de esto, es que este es un proceso irreversible.
Nunca más en Chile se volverá a trabajar más horas o se alargará la
jornada académica a los alumnos, o se premiará a una mujer por tener más
hijos. Los indígenas, los inmigrantes, los bonos, los feriados y las
mascotas la llevan. Solo un cambio de timón fuerte y constante,
permitirá recuperar la verdadera dignidad que alguna vez tuvo Chile.