Gritaron, cantaron, marcharon y
prometieron una educación: pública, gratuita y de calidad. Desde la
calle y centros de estudios se presentaron como justicieros y
mosqueteros, de las desigualdades y las segregaciones. Sólo ellos sabían
lo que necesitaban los demás, los vulnerables, los últimos de la fila.
En paralelo saltaron de la calle al parlamento y hoy al gobierno.
Después aplaudieron que otros evadieran y saltaran torniquetes pero esa
es otra historia de anomía y desobediencia civil ante la debilitada
autoridad en el proceso educativo.
Se
mostraron indignados desde sus federaciones y consignas, hoy algunos
creemos que jugaron con una política pública clave para el desarrollo,
la democracia y el bienestar social. Fueron astutos: quién se opondría a
la calidad e inclusión en la educación escolar. Ley tras ley, decreto
tras decreto, las escuelas y las aulas han tolerado los distintos
cambios y experimentos. El gremio fue cómplice ya que había que
desmantelar la educación de los “cuatro generales”.
Pero
los porfiados hechos (la frase corresponde al viejo y olvidado Vial)
rebaten los tecnicismos, distintas pruebas e indicadores demuestran que
la educación pública sigue en el abismo, hay tanto por hacer que todos
los recursos se vuelven insuficientes, todo es urgente en aprendizajes,
nivelaciones y en las pautas de convivencia. Hoy las aulas son
verdaderas salas de emergencias y la política pública cambia según el
gobierno de turno. Ahora toca sufrir los SLEP. Nadie responde ni asume
las responsabilidades, salvo seguir levantando mesas de trabajo y
concesiones con el gremio.
Sucesivas
mediciones e indicadores reflejan lo que todos sabemos y a ratos
callamos, el panorama es desolador (salvo excepciones), el proceso
educativo recae por completo en las escuelas, poco queda de lo coeducacional
desde las casas. Las alertas de no retorno son evidentes ante procesos
de aprendizaje que se vuelven irremediables, con especial dolor en la
comprensión lectora. Las pobrezas no son sólo materiales y tras doce
años de escolaridad las cifras son desoladoras.
Los
emblemáticos se convirtieron en escuelas de guerrillas urbanas,
sobrepasando cualquier proyecto educativo y los reglamentos internos que
exige la ley. La generación estudiantil que hoy nos gobierna mira al
techo y el ministro amenaza. La PAES se convirtió en la “Pesadilla de
Acceso a la Educación Superior”. En un ranking de 100 sólo aparecen 2 de
los llamados municipales. No sólo nos quitaron los patines, nos
quitaron la movilidad social y el valor del esfuerzo, también nos
quitaron la tranquilidad con la cual cientos de profesores hemos
trabajado en las aulas. El llamado de emergencia es urgente, después de
seguridad y salud, la educación de los vulnerables no puede seguir
esperando ni expuesta a nuevos experimentos. Por mirar a Finlandia y
Singapur nos olvidamos del patio trasero.
Los
que prometieron educación pública, gratuita y de calidad debiesen al
menos sonrojarse y reconocer que se equivocaron y presentar un
lineamiento serio en educación escolar, preguntando en primer lugar a
los actores principales: los profesores.