Existen
al menos dos formas de comprender la competencia política. Una es del
tipo adversarial, en la cual el objetivo es someter al contrincante el
cual muchas veces es visto como enemigo (“los grandes acuerdos los vamos
a poner nosotros” decía el exconstituyente por el FA, Daniel Stingo).
La otra, más democrática, es regida por el compromiso, y concibe la
política como el arte de ponerse de acuerdo entre personas que piensan
distinto, entendiendo que todas las visiones pueden aportar al
colectivo. El proyecto de nueva constitución presentado durante esta
semana responde más a la primera lógica que a la segunda. Esto ha
irritado a muchos demócratas de centro izquierda, quienes, en un acto de
coraje, han alzado la voz advirtiendo los peligros del proyecto,
asumiendo de paso costos personales y políticos. Este arrojo no puede
ser entendido sino como una invitación a conversar en serio sobre los
cambios que Chile necesita, ya no bajo la lógica adversarial de la
Convención, sino bajo una lógica inclusiva y del compromiso.
¿Tiene
algún futuro esta invitación? Dependerá de que la centro derecha y
parte de la ciudadanía decidan recoger el guante y comprometerse a
cambios relevantes pero serios.
Durante
esta semana, distintas figuras de centro izquierda pusieron el primer
palo de un puente que permite mirar el plebiscito de septiembre con
optimismo. Quizás la intervención que generó más revuelo fue la de
Ricardo Lagos, quien, sin manifestarse por el rechazo, dio a entender
que no estaba disponible para apoyar una constitución partisana y
defectuosa como la propuesta por la Convención. A esto se sumaron las
voces de figuras relevantes del mundo de centro izquierda como Felipe
Harboe, Fuad Chahín, Andrés Velasco, Ximena Rincón, Oscar Landerretche, y
varios otros. Sería injusto no nombrar a Cristián Warnken y los
amarillos, que fueron los primeros en encender las alarmas. A este
respecto, hay dos formas de entender estos apoyos. El fundamentalismo de
izquierda dirá que personas como el Presidente Lagos (que no dudó en
apuntar al dictador en plena dictadura) y los demás se vendieron al
orden neoliberal y al pinochetismo. Obviamente hay otra visión,
posiblemente más acercada a la realidad: el proyecto de constitución
compromete la democracia del país de tal forma que los verdaderos
demócratas están dispuestos a pagar los costos de estar en contra. Este
esfuerzo queda en evidencia en las palabras de Óscar Landerretche,
histórico del PS que señaló: “Siento que sería un travestismo
intelectual de mi parte aprobar algo que creo que está tan mal hecho; y,
además, simplemente no estoy dispuesto a mentir y tener una posición
privada diferente a la pública”.
Pero
este esfuerzo será estéril si es que no hay un compromiso real desde la
centroderecha por abandonar la lógica adversarial de someter al
perdedor del plebiscito, para pasarse a la del compromiso. Y esto
también requiere de coraje y liderazgo, sobre todo considerando que hoy
las encuestas dan por ganador al rechazo. Lamentablemente, la centro
derecha no cuenta
con figuras como Ricardo Lagos, pero el liderazgo es algo que se
construye y hay que empezar en algún momento. La centroderecha debe,
entonces, desde el otro lado del puente, comprometerse a cambios reales y
concretos para el caso de que gane el rechazo, señalando día, lugar y
hora para reimpulsar de forma seria un proceso constituyente que
ilusionó a una gran mayoría de chilenos.
La
invitación de la centroizquierda también será estéril si es que la
ciudadanía no logra enfrentarse a nuestros propios temores. Muchas
personas saben que el texto es malo, pero no se atreven a decirlo por
miedo, ya sea por el qué dirán, o por la amenaza de un nuevo estallido o
-en el extremo- de una guerra civil (como anunció el ideólogo del FA,
Carlos Ruiz Encina). En mi caso, siempre he creído que es preferible
hacer lo correcto por sobre lo conveniente. Aunque, parafraseando a
Albert Camus (escritor de izquierda que no dudó en condenar los
totalitarismos de cualquier color), sabemos que siempre hay una filosofía para la falta de coraje.
El
puente tendido por figuras de la centroizquierda es un acto democrático
que los enaltece y que neutraliza a la extrema izquierda y derecha. Sin
embargo, dependerá tanto de la centroderecha como de la ciudadanía que
el plebiscito de septiembre sea el inicio de un proceso constituyente
que, después de un largo peregrinaje, nos lleve a tener una constitución
donde sí quepamos todos.