Los sentimientos que genera la dramática situación condicionada por el COVID-19 son extremadamente variados. También son variadas las consecuencias que se predicen y que estamos experimentando, en vivo y en directo, día a día. La incertidumbre se agranda aún más cuando se visualiza que no hay una única respuesta para un único problema, aunque finalmente podemos concluir que es la vida en sí misma la que está en juego. Es un asunto vital, al menos para el frágil ser humano. Ingenuamente, este elemento no estaba en juego en las crisis que, aunque de manera somera, estábamos enfrentando previamente. La crisis ambiental y la llamada crisis social se planteaba en términos de confrontación y desafíos e incluso como independientes entre ellas, lo que se reflejaba en diferentes lideratos políticos, sociales, económicos y ambientales que surgieron en un período relativamente corto. En esta ocasión, estamos como individuos y como humanidad en el mismo lado del escenario, enfrentando la incertidumbre que provoca lo desconocido y sin más armas que lo que la ciencia y la conciencia solidaria puedan aportar en su momento. Una vez más en la breve historia de la humanidad, la vitalidad humana está en juego y es probable que, como en las experiencias de terror por pandemias previas, exista un momento en que se vea con cierta esperanza y certidumbre, la recuperación de nuestro género con una valoración y comprensión superiores de la ética del humanismo y de los principios de libertad, igualdad y fraternidad, básicos para la preservación de la condición humana. A estas alturas de la crisis, ya aparecen ejemplos de nobleza y heroísmo en todo el mundo, incluyendo a nuestra aislada y lejana región, y que muestran, aunque sea tímidamente, que lo humano no es inherente a la cantidad, sino que a la calidad de valores que sostengan éticamente la grandeza de lo vital. Aquí están incluidos los ideales de humanismo y universalismo, los que, incluso en graves crisis, emergen una vez más como parte de nuestras necesidades humanas más fundamentales, aunque frecuente y rápidamente olvidadas pese a su persistencia y presencia en cada gesto y acción registradas por la historia. Las decisiones ejemplares que están tomando miles de mujeres y hombres para defender esa inagotable dignidad humana en riesgo vital y que pone en igualdad de condiciones a todas y todos, sólo pueden nacer en aquellos lugares en donde hay un cimiento de personas con espíritus y mentes libres, ajenos a imposiciones y obligatoriedades de cualquier tipo. Tales acciones abren esperanzas fundadas para instalar un modo de ser que se establezca sobre una opción irrenunciable de relación fraternal y que se construya con decisión determinante en torno a la tolerancia. Un modo que se manifieste por la filantropía, en su apreciación del ser humano como el objeto de toda acción bienhechora. El COVID-19 y sus consecuencias aún impredecibles, ha puesto un freno a nuestras ambiciones e ignorancias, pero al mismo tiempo ha devuelto la añoranza por nuestra olvidada condición de personas que daban la mano, saludaban al sol y contaban con el tiempo necesario para escribir y leer buenas columnas de opinión.