Es
decidor lo ocurrido en el Senado con la desaprobación del nuevo Fiscal
nacional propuesto por el ejecutivo. Es claro que este es un cargo no de
elección sino de selección, y por lo mismo, aparecieron aristas que, en
silencio o mejor dicho silenciamiento, la ciudadanía hace rato reclama
para todos los cargos públicos. No importa en si el resultado ni la
persona, es el concepto de la integridad de todo postulante a un cargo
de enormes responsabilidades y cuantioso manejo de recursos públicos. La
ciudadanía, el “pueblo”, reclama, tiene derecho a saber de quién se
trata, cuál es su trayectoria, y si esta es suficientemente “limpia” a
fin de “vestir” con propiedad ese cargo en mira. Y mientras más elevado
sea ese cargo, lo que el pueblo reclama del postulante es la llamada
“integridad”, que la persona no solo parezca, sino que realmente lo sea.
Coloquialmente, que sea “de verdad”, intachable.
Por
las informaciones difundidas, el postulante a Fiscal nacional carecía
de esas características que silenciosamente pero cada vez menos, se
reclaman. Capacidad, conocimientos, presencia –sí, también es
importante-, y una trayectoria profesional y personal a prueba de
opiniones. Integridad. Aquí se enfrentaron dos situaciones, las
diferencias de un proceso de selección que permite exigir y
transparentar, y los procesos de elección que llevó a esos senadores al
cargo que detentan, las más de las veces colocados en listas a última
hora del plazo legal, y que aparte de licencia de educación media y
certificado de antecedentes no se les exige nada más. A ellos, los
senadores, así como tampoco a los diputados, nadie exige demostración de
integridad indispensable para cargos públicos y para ser legisladores,
parámetros que ellos si aplican, aunque a medias, para selección donde
demuestran su poder, exigen lo que a ellos no se les exigió y parece a
nadie importa, excepto a los ciudadanos a quienes nadie oye cuando no
conviene, y en eso claro que no conviene, como dice Cambalache “Siéntate
a un lado, que a nadie importa si naciste honrado”. Y es así que hemos
construido un país sobre la base de la deshonestidad primero, pero más
allá, de la falta de integridad, y de decencia también. No se trata de
puritanismo, solo de conceptos, el hombre-y la mujer-publicos, no tiene
vida privada, eso de vicios privados, virtudes públicas, debe ser
desterrado de nuestra cultura, la persona es una sola. Y el costo del
poder es la transparencia absoluta, el pueblo tiene derecho a saber no
solo cuánto gana, sino con quien vive, que come, que toma, cuáles son
sus hábitos higiénicos. Los estudios y las competencias son un
prerrequisito que se parte de la base existen.
Mientras
Chile no eleve sustancialmente sus estándares y exigencias de estos
requisitos, el país seguirá por el despeñadero, no es cuestión de
ideologías en pugna. La gente percibe que tanto la derecha como la
izquierda están llenos de deshonestos y mentirosos, además de ser
incapaces individualmente. Los que crearon este caos en que estamos
sumidos, no pueden ahora superarlo, eso es ilógico, no se van a
transformar en personas integras y honestas después de años de lo
contrario. El divorcio de la ciudadanía con esta clase política y los
detentadores del poder, Fiscalía Nacional incluida, es creciente, y se
traduce en falta de identificación con el sistema de gobierno y
administración que tenemos. Pero la verdad, la carencia de esa
integridad requerida se manifestó en la votación del Senado, que debió
ser abrumadora en el rechazo y no lo fue. Algo es algo. Existe una
moral, aunque los “progres” la nieguen, y ella siempre aflora.
Mientras tanto, por razones profesionales, ayer converse con el dueño
de carnicería de un barrio popular, y me manifestó la fuerte baja en
ventas. La gente está consumiendo mucho menos de un producto básico. La
recesión no viene, está aquí hace rato, pero todos la postergan
imaginariamente. Esa es otra demostración de la falta de integridad en
la función pública, fueron elegidos o seleccionados para abordar y
solucionar los problemas de las personas reales, y no lo están haciendo.
A todos los consabidos problemas que nos afligen, se sumara pronto el
hambre que habíamos superado hace décadas. Mientras tanto, la máxima
autoridad nacional inaugura estatuas con discursos de creciente
incoherencia, que evidencian sus insalvables limitaciones. La integridad
es palabra desconocida.