Los
candidatos independientes no son candidatos sin opinión de la sociedad y
de como funciona el Estado, no carecen de ideas o propuestas que
resulten atendibles e incluso compartidas por un gran segmento de la
sociedad, cada vez mayor, en la medida que la ciudadanía no participa
obligatoriamente de los procesos electorales y se muestra cada vez más
reticente a cumplir órdenes de partido. El candidato independiente es
simplemente aquel que no pertenece a un partido político preexistente y
por tanto, siente que puede apoyar aquellas políticas públicas que
resulten útiles y en favor del bien común.
Por
qué entonces constreñir su participación y construir un estado de cosas
en que los partidos se lanzan a la captura de independientes pro-algo o
que simplemente generosos abren sus puertas para compartir cupos con
los independientes. Ocurre acaso que nuestro sistema electoral no se
corresponde con un estado democrático, sino que en realidad el Estado no
tiene en el centro a la persona sino que es un Estado de partidos
políticos, en que la única diferencia es si el régimen es de partido
único o de una oligarquía de partidos.
Nuestra
democracia como una democracia de partidos ha dejado mucho que desear
en el proceso constituyente, no sólo en esta coyuntura sino que en el
conjunto del funcionamiento del Estado que ha creado. Luego, y bajo
esta perspectiva no es extraño que esté en crisis el Tribunal
Constitucional y hasta el Servicio de Correos, ni hablar del parlamento
y de casi cuanta institución directa o indirectamente depende de la
nominación que hacen nuestras oligarquías partidarias. En esta
perspectiva la causa de la crisis está en realidad en que los partidos
dominan, no sólo el Poder Leigislativo, en que por naturaleza deben
desenvolverse, sino que tienen una excesiva injerencia en el Poder
Judicial, en la Administración Pública y hasta en un club de ancianos si
pueden y se lo permiten.
Como
el ordenamiento jurídico lo crean los partidos políticos conforme a sus
particulares intereses, por cierto están de acuerdo al momento de poner
restricciones a la participación de los independientes, porque en
definitiva ven en estos una amenaza, un conjunto de ciudadanos que de
una forma u otra quieren hacer una política diferente que no los hace
neutrales ni indiferentes a los grandes problemas que debe enfrentar la
nueva institucionalidad, pero que aspiran construir centros de poder
que superen los actuales niveles de conflicto, muchos de hechos
originados en un pasado tenebroso donde imperan recíprocas
recriminaciones, falta de imaginación, de convicciones, de realismo o de inteligencia política.
En
realidad la irrupción de los independientes debió verse como una
oportunidad y no como una competencia, persistir en el conflicto de cara
al pasado, acerca de quien tiene mejores credenciales democráticas
porque saludó a Chávez o porque apoyó el Golpe de Estado en 1973, por
qué es partidario de un aborto en cuatro o seis semanas, sólo demuestra
desinteligencia política, para caminar juntos tras objetivos comunes no
es preciso estar de acuerdo en todo, pero si en una hoja de ruta que sea
realizable, inclusive con quienes no adscriben a partido político
alguno. Andrés Allamand, dio cátedra en el programa Tolerancia Cero, al
ser consultado sobre la alianza desde Evópoli hasta el Partido
Republicano, respuesta “una cuestión de inteligencia política”. Esa
inteligencia política ha estado ausente, así como la falta de
creatividad para generar una fuerza común que considere el potencial y
el caudal de ideas de los independientes.
Esta
democracia de partidos o de oligarquías partidarias, no tendrá
respuesta para un país que mayoritariamente y por un ochenta por cierto
de los votos estuvo por el cambio y una nueva institucionalidad, o
simplemente tendremos la respuesta que se ha hecho costumbre, no lo
veíamos venir, hicimos todo lo posible, ha sido una fiesta de la
democracia en que todos podemos sentirnos ganadores. Una vergüenza, ante
lo cual las máximas
dirigencias de estos desencuentros debieran asumir su responsabilidad
política, dejando el espacio a una nueva generación sin los prejuicios,
las culpas o las odiosidades del pasado.