A fines de los años noventa, por esas casualidades
que suele ofrecernos la vida, asistí a una ceremonia evangélica, en
Nueva York, donde participaban artistas de Broadway. Me quedé dos horas
escuchando prédicas algo extrañas para mí y, sobre todo, gozando de la
música “negro-spiritual” que las acompañaban con cantos y bailes. Varios
feligreses alcanzaron el estado de trance y el pastor se les acercaba a
ayudarles a expulsar al demonio que se manifestaba con movimientos
descontrolados del cuerpo. Quedé impresionado con lo visto. Nadie sale
indiferente de una ceremonia así. Años más tarde, en Soweto y Abiyán,
observé rituales similares, con muchos bailes y vestimentas coloridas.
Sabemos
que el arte —y particularmente la música— contiene enormes virtudes.
Nos puede alegrar, entristecer, conmover profundamente y, en algunas
ocasiones, curar enfermedades. La ciencia ha hecho incluso de la música
una aliada para algunas terapias. En el plano social, sin embargo, no
hay experiencias concluyentes de sanaciones colectivas a través de la
música, aun cuando terapeutas como Jodorowski, por ejemplo, preconicen
su uso en actos “psicomágicos”.
Hace
unos días, concurrí a lo que considero que fue un acto de sanación
social a través de la música. Sí, ¡de sanación! Con ocasión del
aniversario de la casa estudios fundada por Bello, fui a la plaza Italia
a escuchar la Novena sinfonía de Beethoven, interpretada por la
orquesta sinfónica de la Universidad de Chile. Lo extraordinario no fue
el concierto en sí, sino que éste tuviera lugar en ese espacio que ha
pasado a ser simbólico después de las manifestaciones de octubre y
noviembre de 2019 y que, meses después, se transformó en permanente
barricada, quedando en el más absoluto de los abandonos. La violencia
inusitada que prosiguió durante parte del 2020, aniquiló el espacio
público, transformándolo en la zona cero de la destrucción. Muchas
oficinas y comercios cerraron; quienes podían, se mudaron, la “primera
línea” se apoderó de parques y alrededores, los rayados de las paredes
fueron la norma, algunas iglesias, bibliotecas y museos fueron
incendiados, los incidentes con la policía, estimulados a veces por
irresponsables dirigentes, quedaron en manos de barras bravas y
anarquistas, protagonistas de delitos disfrazados de protesta social. La
Plaza se llenó de escombros y empezó a oler a lacrimógenas y a
mariguana, pero sobre todo a mierda. La falta de estética fue la tónica y
apareció la fealdad más horrenda de nuestra compleja sociedad. Hubo
intentos por parte de autoridades de recuperar esa plaza, pero fueron
breves e infructuosos. Y como no había que darse por vencido, la
Universidad de Chile vino en auxilio de la estética y la música fue la
encargada de devolvernos dignidad y belleza.
Magia
pura con música sanadora, fue lo que ocurrió durante la noche del 26 de
enero en Santiago. Mientras al compás de la batuta, cual susurros,
comenzaban a sonar los acordes de violines del primer movimiento, en
medio de una multitud de rostros serenos, pensé que si el arte estaba
destinado al pueblo, yo tenía la dicha de asistir a una sublimación de
la expresión artística. ¡Qué mejor que aquella sinfonía que expresa la
libertad, para recuperar la belleza! La armónica unión de los elementos
fue sublime y logró ocultar de nuestra vista los grafitis, recomponer
ventanas rotas, reparar destrozos, abrir puertas clausuradas, contemplar
en paz un cielo estrellado y devolvernos la sonrisa. Nuestro dubitativo
optimismo inicial se convertía en un sentimiento de esperanza. Hasta la
luna menguante ayudó a iluminar la noche de jolgorio ciudadano. Al
volver a mi casa, sosegado, pensando en que también yo comenzaba a
superar mis descontentos, me acordé de Serrat: “Si alguna vez amé, y
después de haber amado, amé…”y pensé que el día en que los violines
reemplacen a las piedras y las flautas a los guanacos; cuando el sonido
estrepitoso no sea el de las sirenas, sino el de los timbales,
probablemente, habremos sanado del todo. Aquel fue un paso mágico y
sublime que nos trajo de regalo Beethoven.