La nada

“No estoy absolutamente seguro que el universo sea infinito; de lo que sí estoy seguro es que la estupidez humana sí lo es”. Albert Einstein. Tenía autoridad intelectual para decirlo, y cuando contemplo lo acontecido en nuestro país tan solo en un año, su frase resuena en mi conciencia al observar lo queda de nuestro país solo en un año, entre ambos noviembres últimos. ¡Qué hemorragia de estupidez humana! Ya casi cuesta recordar esas diarias marchas de muchos manifestantes, entre ellos funcionarios públicos en horarios de trabajo, operadores y activistas políticos, lumpen, mirones y los pajarones de siempre, que terminaban en destrucción de todo lo que pudiera romperse, siempre clamando por una vida mejor, fin de los abusos, igualdad, y muchos etcéteras. Después del 15 de noviembre de 2019, aullando por una nueva constitución que contenga un programa de gobierno permanente, que asegurara a cada habitante, inmigrantes incluidos, vivienda, trabajo, salud, pensiones, y un montón de cosas que por cierto importan elevados gastos, porque suponían los recursos del país eran más que suficientes, que de mala gente “las elites” (en el imaginario colectivo) se lo negaban “al pueblo”. Y así fueron destruyéndolo todo, edificios, mobiliario urbano, instalaciones, saqueando, pero también destruyendo instituciones como Carabineros, el orden y seguridad públicas, monumentos, y de a poco hasta culminar este 25 de octubre, nada más ni nada menos que con  la constitución del país. Y entremedio llegó la pandemia, y el país se paralizó, los trabajadores informales casi el 30% de la fuerza laboral no pudo seguir haciéndolo, y de los formales van al menos 3 millones de cesante reales incluidos los empleos “suspendidos”, más miles de pequeñas y medianas empresas cerradas o en liquidación, y sumadas otras grandes empresas que han decidido dejar el país por no ser este “competitivo”. Ahora, el ministro ha oficializado lo que algunos sabíamos, que a fines de año llega la segunda ola de la pandemia y que será más estable y larga aun, y en el mundo se está hablando ya de una tercera ola. Y me pregunto con legitima duda, ¿Qué han ganado los que supuestamente iban a ganar con esta revolución de octubre? ¿Acaso subieron sus remuneraciones, o más bien perdieron los empleos incluso antes de la pandemia? ¿Acaso mejoraron las pensiones? ¿Acaso la salud no vinculada a la pandemia ha mejorado? ¿Acaso hay más y mejores viviendas y empleos? ¿Acaso se ha elevado la calidad de vida del promedio, vivimos en una sociedad más ordenada y feliz, con mayor seguridad y transparencia porque el crimen y la corrupción han disminuido? Mucho me temo que la respuesta a todas estas dudas es un NO, rotundo. Me temo además que las cosas irán de mal en peor porque es imposible pensar en una recuperación de la economía general e individual si se siguen aplicando las mismas recetas burdas de cerrar casi todo. ¿Cómo se sostendrá esta enorme maquinaria estatal aumentada por el gasto en salud? Todo ha servido para nada en concreto, hemos permitido se demuela al país en aras de una revolución que iba a mejorar a las mayorías, pero las mayorías están cada día peor. El país subsiste por la inercia de una fortaleza acumulada en años de crecimiento que todos sabemos no volverán, que nada será mejor, que era preferible lo malo que hubiera a tener nada. Porque en eso estamos quedando, en “la nada”, en la pobreza creciente, en la incertidumbre también en aumento. En la desconfianza de todos y de todo. Esta escrito, “por sus frutos los conoceréis”, y nadie podrá decir que los que vemos sean buenos ni que mejoraran. Porque precisamente han sido producto de la maldad, del odio, del dogmatismo trasnochado, pero, sobre todo, de la estupidez humana, lo único que crece y abunda en nuestro demolido país. Solo un milagro de Dios podría cambiar esto, que únicamente una nueva elite podrá sacarnos del barro, y la que tenemos hoy no está dispuesta a soltar la mamadera, sumando así al fruto de su estupidez, el egoísmo que la caracteriza.

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