La necesidad de diálogos generosos

Estar
medianamente al tanto de lo que va sucediendo en nuestras regiones, en
el país o en el mundo es sumergirse en una avalancha de dispares
situaciones que, ya sabemos, incluyen desde serios aspectos relacionados
con lo ambiental (agua, cambio climático, áreas protegidas), lo social
(brechas, conflictos de intereses, elecciones) hasta lo sanitario
(muertes, cuarentenas, vacunas). No está de más insistir en el hecho de
que estas tres situaciones globales están sinérgicamente relacionadas,
de tal modo que acciones que pueden ser positivas para una de ellas
podrían generar efectos adversos en las restantes. Finalmente, tal
dinámico y efervescente escenario no puede sino que generar un complejo y
depresivo conjunto de respuestas individuales y colectivas en la única
especie habitante de nuestro planeta que podría tener un cierto grado de
conciencia de ello y que ya se venían advirtiendo en estados previos,
cuando se nos hablaba de síntomas propios de sociedades líquidas o
cansadas o del peligroso predominio de una descripción deliberadamente
distorsionada de la realidad. Estos sucesos particulares que estamos
enfrentando, cada uno en la medida de sus posibilidades, presentan
características muy alejadas de las ideales pero necesarias coherencias
con las que podríamos explicar la razón de nuestro vivir como seres
humanos fundados en un gran sentido ético y con pertinencia en el
sistema social y natural al cual ineludiblemente pertenecemos. Ello
implica, de manera también ineludible, el compromiso humano de
participar, con la potencia reflexiva que todos y todas hemos heredado
de nuestros procesos evolutivos, en la generación de los mundos que
vivimos, cualesquiera sean sus características. Como indica el Gran
Maestro de la Gran Logia de Chile, estamos en un momento adecuado para
construir diálogos generosos y potentes, para lo cual se requiere educar
a nuestra sociedad en la convivencia, en el respeto entre todos y
todas, y en la capacidad de convocar a partir de lo que nos une y nos
permite abordar de consuno los grandes desafíos como país y como
sociedad. Un sistema que esté sometido a la liquidez y fragilidad de sus
valores y se ordene en torno a las mentiras emotivas que provengan de
ciertos individuos o colectividades, no hace sino que producir la
errónea creencia de que somos nosotros los que disponemos de nuestra
existencia, de nuestro convivir y de que estamos ejercitando nuestro
libre albedrío. En este ambiente, se afianza el poder de la burocracia y
es posible que sea propicio para una oculta e intencionada mantención
de privilegios, conduciendo a la discriminación, a la injusticia y a la
segregación. Pese a todos los ejemplos que obtenemos de la realidad que
nos está tocando vivir, existen muchos y muchas personalidades,
individuos como cualquiera de nosotros, que viven, trabajan y actúan en
la confianza de que es posible, y desean hacerlo, crear mundos para un
vivir y convivir con sentido ético y estético, donde se espera que la
colaboración surja de manera espontánea, donde la armonía de la
existencia y la coherencia con el mundo natural sean cotidianas, donde
los errores se corrijan oportunamente porque se les quiere corregir y
donde el vivir cotidiano sea interesante e inspirador. Una vía opuesta a
la que siguen algunas personas de la posmodernidad y que corren el
riesgo de convertirse, sin darse cuenta, en seres agotados,
constantemente devorados por sus propios egos, víctimas y verdugos a la
vez de la sociedad que quieren construir.

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