La nueva revolución: odio, violencia e insurrección

No
es exigible a las personas, que, con diversos intereses, preocupaciones
y ocupaciones, destinen su valioso tiempo para leer la infinidad de
intelectuales y pensadores que han propuesto filosofías diversas para
explicar o accionar la forma de vida en la sociedad. Sin embargo, no
leerlo es una cosa, pero no darse cuenta de que hay impactos de aquello
en nuestra cotidianidad, es distinto. Si la vida virtuosa y de valores
que trataban de inculcar nuestros padres y abuelos era la máxima, hoy la
ola arrolladora para destruir todo lo que nos enseñaron en nuestros
hogares es la bandera de lucha: el respeto por la familia y la
autoridad, el buen vivir, la amistad cívica, la consagración del
matrimonio, no mentir (o al menos intentarlo), que la violencia nunca ha
sido el medio para conseguir nuestros fines y que debemos ser
respetuosos con nuestros semejantes, aun cuando no estamos de acuerdo
con aquello que piensan o hacen. Es decir, nos mostraban un camino que
permitía desarrollar una vida personal y social en un marco valórico
ético.

Pero
estos valores han sido fuertemente distorsionados e intencionalmente se
persigue una contraposición, enemistad y odio entre toda consigna de
“poder”, entiéndase, ricos contra pobres, buenos contra malos, amigos
contra amigos (ya no solo enemigos), ciudadanos contra la autoridad,
alumnos contra profesores, esposas contra esposos, mujeres contra
hombres, negros contra blancos, y así suma y sigue. Porque la lucha del
poder, para algunos teóricos de la posmodernidad, está en todas las
esferas de la vida, y esa lucha por el poderío es la explicación causal
de todos los males que surgen en nuestra sociedad.

La
situación se ha llevado a tal extremo, que con esta pseudo
justificación, tenemos personas que destruyen todo a su paso con tal de
“cambiar el país”, violentando y delinquiendo contra la propiedad
privada, las libertades individuales y la integridad física de los
conciudadanos, aquí solo debemos hacer memoria de la insurrección en
octubre del 2019. En zonas como la Araucanía la acción política y
liberadora es el terrorismo, en los colegios es el alzamiento de los
estudiantes contra sus profesores y la institución (agresión a
profesores y tomas de los establecimientos). Que no extrañe los
movimientos que demonizan al hombre como causa de todos los males de
esta tierra, ni los que persiguen ir contra la dignidad de la persona
humana en el aborto o aquellos que afanadamente buscan la destrucción
del capital, las pymes y los empresarios.

La
subversión moral es sin asco, la revolución está en proceso y con ello
ideas totalitarias, ¿o usted pensaba que se había acabado con la caída
del muro de Berlín? Por eso no extraña que la comisión de DD.HH. de la
Convención haya dejado fuera al ex almirante de la Armada Jorge
Arancibia de las audiencias públicas, o que la misma comisión, en
primera instancia, haya dejado fuera fundaciones acusadas por
supuestamente “dar mensajes de odio”. Como toda lucha está en el poder,
entonces hay que eliminar la “República de Chile”, pues es un sinónimo,
para los moralistas totalitarios, de abuso y colonialismo, símil es la
falta de respeto por nuestros símbolos patrios como nuestra bandera y el
himno cuestionados por algunos constit
uyentes.

Si
en el siglo pasado la lucha de clases era manifiesta sin tapujos, donde
los pobres se enfrentaban a los ricos, hoy la acción política es mucho
más amplia, cultural y que atentará contra aquello que más apreciamos:
Dios, la familia y nuestra patria. Mi invitación, querido lector, es que
usted no tenga miedo de defender lo que cree, somos muchos los que
defendemos la fe, la vida, la libertad y la propiedad, y que no queremos
ver destruida nuestra nación por los insurrectos, los totalitarios y
los violentistas que no solo están en las calles, hoy están en la
Convención, en el Congreso, en las salas de clases, en las
universidades, algunos de ellos arraigados en la cultura, otros en
movimientos sociales, están en toda la sociedad civil y no olvidemos,
por supuesto, a los medios hegemónicos de comunicación. Por eso, allí
donde usted v
ive
o trabaja, no se canse de defender aquello que cree, piensa y vive.
Como dijo Jesús hace muchos años, la ¡verdad nos hará libre!

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